Prot. N.° DC-011/2026
La formaciรณn del discรญpulo comienza cuando aprende a escuchar la voz del Seรฑor y culmina cuando toda su vida anuncia a Cristo con fidelidad y amor.
Queridos hermanos, hoy quisiera invitarlos a abrir el corazรณn a una de las enseรฑanzas mรกs profundas del Evangelio: el perdรณn. No es un tema fรกcil. De hecho, probablemente sea una de las exigencias mรกs difรญciles que Jesรบs nos dejรณ. Amar a quien nos ama parece sencillo; hacer el bien a quien nos trata bien tambiรฉn lo es, pero perdonar a quien nos ha herido profundamente eso solo es posible cuando dejamos que Dios transforme nuestro corazรณn.
Vivimos en un mundo donde el rencor parece normal. Escuchamos frases como: “Yo perdono, pero no olvido”, “Que me pague con la misma moneda” o “Nunca volverรฉ a hablarle”. Poco a poco, esas ideas se meten en nuestro corazรณn y nos hacen creer que la venganza nos darรก paz. Sin embargo, la experiencia demuestra lo contrario: el rencor nunca da paz, el resentimiento nunca sana una herida. Al contrario, quien vive lleno de odio termina haciรฉndose mรกs daรฑo a sรญ mismo que a la persona que lo ofendiรณ. Cristo vino precisamente a romper ese cรญrculo de violencia y resentimiento. รl vino a enseรฑarnos que el amor siempre es mรกs fuerte que el odio y que el perdรณn tiene el poder de cambiar la vida de una persona.
Cuando San Pedro se acercรณ a Jesรบs, le hizo una pregunta muy humana: «Seรฑor, ¿cuรกntas veces tengo que perdonar a mi hermano que peque contra mรญ? ¿Hasta siete veces?» (Mateo 18, 21). Pedro pensaba que siete veces ya era mucho. Sin embargo, Jesรบs respondiรณ: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.» (Mateo 18, 22). Con esta respuesta, Jesรบs no estaba diciendo que llevรกramos la cuenta hasta cuatrocientas noventa veces. Lo que querรญa enseรฑar era que el perdรณn no puede tener lรญmites cuando nace del amor de Dios. Asรญ como Dios nunca se cansa de perdonarnos cuando volvemos a รl con un corazรณn arrepentido, tambiรฉn nosotros estamos llamados a vivir con un corazรณn dispuesto a perdonar.
Pero aquรญ surge una pregunta muy importante: ¿por quรฉ debemos perdonar? La respuesta es sencilla: porque primero Dios nos perdonรณ a nosotros. Si hoy estamos aquรญ, no es porque seamos perfectos. Estamos aquรญ porque somos pecadores amados por Dios. Todos hemos fallado alguna vez. Todos hemos herido a alguien con nuestras palabras, nuestras acciones o nuestros silencios. Todos necesitamos la misericordia del Seรฑor. Por eso, Jesรบs nos enseรฑรณ a rezar diciendo: «Perdona nuestras ofensas, como tambiรฉn nosotros perdonamos a los que nos ofenden.» (Mateo 6, 12). Y al terminar esa oraciรณn aรฑadiรณ unas palabras que deben hacernos reflexionar profundamente: «Porque si ustedes perdonan a los demรกs sus ofensas, tambiรฉn el Padre celestial los perdonarรก a ustedes; pero si no perdonan a los demรกs, tampoco el Padre perdonarรก sus ofensas.» (Mateo 6, 14-15).
Estas palabras pueden parecer exigentes, pero revelan una gran verdad espiritual. El corazรณn que se niega a perdonar se va cerrando poco a poco a la gracia de Dios. No porque Dios deje de amar a esa persona, sino porque el resentimiento ocupa el lugar donde deberรญa habitar el amor. El Catecismo de la Iglesia Catรณlica, en el nรบmero 2840, nos recuerda que este mandato de Jesรบs no puede cumplirse solo con nuestras fuerzas humanas. Necesitamos la ayuda del Espรญritu Santo para que nuestro corazรณn aprenda a perdonar como Cristo perdona. Y en el nรบmero 2845 afirma que el perdรณn cristiano no tiene lรญmites, porque refleja el perdรณn infinito que Dios tiene con nosotros.
Hermanos, pensemos por un momento en nuestra propia vida. ¿Cuรกntas veces hemos prometido cambiar y hemos vuelto a caer? ¿Cuรกntas veces hemos dicho: «Seรฑor, esta serรก la รบltima vez», y, sin embargo, hemos vuelto a cometer el mismo pecado? A pesar de todo eso, Dios nunca ha dejado de buscarnos. San Juan, en su primera carta, nos da una esperanza inmensa: «Si confesamos nuestros pecados, รl es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad.» (1 Juan 1, 9). Quรฉ hermosa promesa. Dios no estรก esperando el momento para castigarnos. Estรก esperando el momento en que abramos el corazรณn para abrazarnos con su misericordia.
Esto lo vemos claramente en la parรกbola del hijo prรณdigo, que quizรก serรญa mejor llamar la parรกbola del padre misericordioso. Aquel hijo habรญa despreciado a su padre, habรญa pedido la herencia antes de tiempo y la habรญa malgastado. Cuando decidiรณ volver, pensaba que serรญa tratado como un sirviente. Pero el Evangelio dice algo maravilloso: «Cuando todavรญa estaba lejos, su padre lo vio, se conmoviรณ profundamente, corriรณ a su encuentro, lo abrazรณ y lo cubriรณ de besos.» (Lucas 15, 20). ¡Quรฉ imagen tan hermosa de Dios! Un Padre que no espera con los brazos cruzados para reprochar, sino con los brazos abiertos para abrazar. Eso es el perdรณn de Dios. No es un premio para los perfectos, es un regalo para quienes reconocen su necesidad de รl.
El Papa Francisco ha repetido muchas veces una frase que ya forma parte del corazรณn de la Iglesia: «Dios nunca se cansa de perdonar; somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdรณn.» Quรฉ gran verdad. Muchas veces pensamos que nuestros pecados son demasiado grandes. Nos da vergรผenza volver a confesarnos porque hemos caรญdo en lo mismo. Incluso podemos llegar a creer que Dios ya estรก cansado de nosotros, pero el Seรฑor jamรกs deja de ofrecernos una nueva oportunidad.
Por eso la Iglesia nos regala el Sacramento de la Reconciliaciรณn. En la confesiรณn no encontramos solamente a un sacerdote; encontramos al mismo Cristo que, por medio de su Iglesia, nos dice: «Yo te absuelvo de tus pecados». Allรญ el Seรฑor restaura nuestra amistad con รl y nos devuelve la paz. Queridos hermanos, si hace meses o incluso aรฑos que no nos acercamos a este sacramento, quizรก hoy sea el momento de volver. No tengamos miedo. No hay pecado mรกs grande que la misericordia de Dios.
Santa Faustina Kowalska, a quien Jesรบs confiรณ el mensaje de la Divina Misericordia, escribiรณ en su Diario: «La misericordia de Dios es mรกs grande que nuestra miseria». ¡Quรฉ esperanza tan grande! Nuestra miseria tiene un lรญmite; la misericordia de Dios no lo tiene. Donde abundรณ el pecado, sobreabundรณ la gracia, como enseรฑa San Pablo (cf. Romanos 5, 20). Sin embargo, recibir el perdรณn de Dios implica tambiรฉn una responsabilidad: aprender a perdonar a los demรกs. No podemos cerrar nuestro corazรณn al hermano mientras esperamos que Dios mantenga abierto el suyo para nosotros.
Y aquรญ comienza el verdadero desafรญo del Evangelio: ¿cรณmo puedo perdonar a alguien que me hizo tanto daรฑo? Tal vez alguno piense en este momento: “Padre, si usted supiera lo que me hicieron, entenderรญa por quรฉ no puedo perdonar.” Y es verdad. Hay heridas que son muy profundas. Hay hijos que fueron abandonados por sus padres. Hay matrimonios destruidos por una infidelidad. Hay amistades que terminaron por una traiciรณn. Hay personas que fueron vรญctimas de injusticias, de calumnias o de violencia. La Iglesia nunca dice que esas heridas no duelan. Serรญa una falta de respeto al sufrimiento de quien las ha vivido. Jesรบs mismo llorรณ ante la tumba de su amigo Lรกzaro (cf. Juan 11, 35). รl conoce el dolor humano porque lo viviรณ en carne propia.
Por eso, cuando el Seรฑor nos manda perdonar, no nos estรก diciendo que neguemos el sufrimiento. Nos estรก invitando a no permitir que ese sufrimiento se convierta en odio. Perdonar no significa justificar el mal. Perdonar no significa olvidar de inmediato. Perdonar no significa renunciar a la justicia. Perdonar significa dejar de alimentar el deseo de venganza y poner nuestra confianza en Dios, que es el รบnico juez justo.
Jesรบs mismo nos dio el ejemplo mรกs grande desde la cruz. Mientras era insultado, golpeado y clavado en el madero, pronunciรณ unas palabras que siguen estremeciendo al mundo entero: «Padre, perdรณnalos, porque no saben lo que hacen». (Lucas 23, 34). Detengรกmonos un momento en esta escena. Cristo tenรญa las manos atravesadas por los clavos, su cuerpo estaba lleno de heridas, muchos se burlaban de รl y, aun asรญ, de sus labios no saliรณ una maldiciรณn, sino una oraciรณn. No pidiรณ venganza. Pidiรณ perdรณn para quienes lo estaban crucificando. Ese es el corazรณn de Dios y ese es el corazรณn que el Espรญritu Santo quiere formar en nosotros.
San Juan Pablo II comprendiรณ profundamente esta verdad. Despuรฉs del atentado que sufriรณ el 13 de mayo de 1981, cuando estuvo al borde de la muerte, visitรณ en la cรกrcel al hombre que habรญa intentado asesinarlo y lo perdonรณ personalmente. Aรฑos despuรฉs pronunciรณ una frase que ha quedado grabada en la historia: «No hay paz sin justicia; no hay justicia sin perdรณn.» Estas palabras nos enseรฑan que el perdรณn no elimina la justicia, sino que impide que el odio siga creciendo. Cuando una persona perdona, rompe la cadena del mal y permite que Dios haga nacer algo nuevo.
Tambiรฉn el Papa Benedicto XVI enseรฑaba que el perdรณn no es una muestra de debilidad, sino una manifestaciรณn de la fuerza del amor. Solo quien ama de verdad es capaz de vencer el resentimiento. Y el Papa Francisco insiste constantemente en que el cristiano debe ser un hombre y una mujer de misericordia. รl nos recuerda que una Iglesia que no sabe perdonar deja de parecerse a Cristo.
Hermanos, pensemos por un momento en nuestra propia familia. ¿Cuรกntas veces una palabra dicha con enojo ha destruido la paz del hogar? ¿Cuรกntas veces el orgullo ha impedido pedir perdรณn? ¿Cuรกntas veces dos hermanos han dejado de hablarse durante aรฑos? ¿Cuรกntas familias viven divididas porque nadie quiere dar el primer paso? El orgullo siempre nos dice: “Que venga รฉl”, “Ella fue quien empezรณ”, “No tengo nada de quรฉ arrepentirme”. Pero el Evangelio nos dice algo completamente diferente. Jesรบs afirma: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarรกn misericordia.» (Mateo 5, 7). Ser misericordioso significa parecerse a Dios. Y cuanto mรกs nos parecemos a Dios, mรกs felices somos.
Hay algo que muchas veces olvidamos. El resentimiento no castiga solamente a quien nos hizo daรฑo, nos castiga tambiรฉn a nosotros. Una persona puede pasar aรฑos recordando la misma ofensa. Puede acostarse pensando en ella, puede despertarse pensando en ella y puede perder la paz por culpa de un recuerdo. Y mientras tanto, quizรก la persona que la hiriรณ ni siquiera piensa en lo sucedido. Por eso el perdรณn tambiรฉn es un acto de libertad. Cuando perdonamos, dejamos de ser esclavos del pasado.
Santa Faustina Kowalska escribiรณ en su Diario que cuanto mรกs conoce la misericordia de Dios, mรกs desea confiar en รl. Esa confianza tambiรฉn nos ayuda a entregar nuestras heridas al Seรฑor. Muchas veces esperamos sentir ganas de perdonar, pero el perdรณn no comienza con un sentimiento. Comienza con una decisiรณn. Primero decidimos perdonar y despuรฉs Dios sana poco a poco nuestro corazรณn. Eso puede llevar dรญas, meses o incluso aรฑos, pero el primer paso siempre consiste en decirle al Seรฑor: “Jesรบs, hoy quiero empezar a perdonar, aunque todavรญa me duela.” Y esa oraciรณn, aunque sea sencilla, tiene un enorme valor delante de Dios.
San Pablo nos exhorta: «No se dejen vencer por el mal; al contrario, venzan al mal con el bien». (Romanos 12, 21). ¡Quรฉ hermoso programa de vida! El cristiano no responde al odio con odio, responde con el amor de Cristo. Eso no significa permitir que nos sigan haciendo daรฑo. Hay situaciones en las que es necesario tomar distancia, buscar ayuda o proteger a quienes son vulnerables. El perdรณn cristiano no exige aceptar la injusticia ni renunciar a la verdad. Lo que sรญ exige es no dejar que el odio gobierne nuestro corazรณn.
El Catecismo de la Iglesia Catรณlica nos enseรฑa que el perdรณn es una obra de la gracia. Humanamente, muchas veces parece imposible, pero cuando dejamos actuar al Espรญritu Santo, รl transforma poco a poco nuestro interior y nos concede un corazรณn nuevo.
Queridos hermanos, quizรก alguno de ustedes lleva aรฑos cargando una cruz muy pesada. Tal vez el nombre de una persona vino a su mente desde que comenzรณ esta homilรญa. No la rechacen. Entrรฉguenla a Jesรบs. Dรญganle: “Seรฑor, Tรบ conoces mi dolor. Yo solo no puedo. Dame la fuerza para perdonar como Tรบ me perdonaste.” No tengan miedo de hacer esa oraciรณn. Cristo nunca deja sin respuesta a quien se acerca con humildad.
Porque el perdรณn no es una derrota. El perdรณn es una victoria: la victoria del amor sobre el odio, la victoria de la gracia sobre el pecado, la victoria de Cristo sobre nuestro corazรณn herido.
Queridos hermanos y hermanas, despuรฉs de escuchar la Palabra de Dios y de reflexionar sobre el perdรณn, quiero invitarlos a hacer un momento de silencio en su corazรณn. No pensemos en la persona que estรก a nuestro lado ni en quiรฉn deberรญa escuchar esta homilรญa. Pensemos en nosotros. Preguntรฉmonos con sinceridad: ¿Hay alguien a quien todavรญa no he perdonado? ¿Hay alguien cuyo nombre me produce enojo? ¿Hay alguien a quien evito porque todavรญa guardo resentimiento? ¿Hay alguna persona a la que debo pedir perdรณn?
Tal vez la respuesta sea sรญ y, si es asรญ, no tengan miedo. No se avergรผencen, porque precisamente para eso vino Cristo al mundo. No vino a buscar personas perfectas, vino a buscar corazones heridos para sanarlos. Recordemos las palabras del Seรฑor: «No necesitan mรฉdico los sanos, sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.» (Marcos 2, 17). Quรฉ hermoso saber que Jesรบs no nos rechaza por nuestras caรญdas. รl nos espera, nos levanta, nos abraza y vuelve a comenzar con nosotros.
Quizรก alguno piense: “He cometido demasiados pecados. Dios ya no puede perdonarme.” Hermanos, eso nunca serรก verdad. Mientras haya vida, habrรก esperanza. Mientras podamos arrepentirnos, la misericordia de Dios seguirรก abierta para nosotros. San Pablo nos recuerda: «Donde abundรณ el pecado, sobreabundรณ la gracia.» (Romanos 5, 20). No permitamos que el demonio nos haga creer que ya no tenemos remedio. Esa es una mentira. Nuestro Dios es un Padre que espera, un Padre que sale al encuentro, un Padre que nunca deja de amar a sus hijos.
Por eso, quiero hacer una invitaciรณn muy concreta. Si hace mucho tiempo que no te confiesas, vuelve. No tengas miedo. El confesionario no es un tribunal donde Dios quiere humillarte. Es el lugar donde el Padre vuelve a abrazar a sus hijos, es el lugar donde Cristo lava nuestras heridas, es el lugar donde el Espรญritu Santo devuelve la paz al corazรณn. Y despuรฉs de confesarnos, acerquรฉmonos a la Eucaristรญa con un corazรณn limpio, porque en cada Santa Misa no solo recordamos el sacrificio de Cristo. Ese sacrificio se hace presente sacramentalmente para nuestra salvaciรณn.
Cada vez que contemplamos la cruz debemos recordar cuรกnto valemos para Dios. Valemos la Sangre de Cristo. รl entregรณ su vida para abrirnos las puertas del cielo. No desperdiciemos un amor tan grande.
El Papa Francisco nos recuerda que la Iglesia debe ser como un hospital de campaรฑa, donde los heridos encuentran consuelo y esperanza. Y eso comienza por nosotros. Cada uno puede ser instrumento de reconciliaciรณn en su casa, en su trabajo, en su comunidad, en su parroquia.
Imaginen por un momento cรณmo serรญa el mundo si cada cristiano decidiera perdonar de verdad. ¿Cuรกntos matrimonios se salvarรญan? ¿Cuรกntas familias volverรญan a reunirse? ¿Cuรกntos hijos regresarรญan a sus padres? ¿Cuรกntos corazones recuperarรญan la paz? El perdรณn tiene fuerza para cambiar una vida, y una vida transformada por Cristo puede cambiar una familia. Una familia puede cambiar una comunidad y una comunidad puede cambiar el mundo.
Antes de terminar quiero dejarles una tarea espiritual. Hoy, cuando lleguen a sus casas, busquen unos minutos de silencio. Pรณnganse delante de un crucifijo o una imagen de Jesรบs, cierren los ojos y pregรบntenle: “Seรฑor, ¿a quiรฉn necesito perdonar?” Tal vez venga un nombre inmediatamente. No huyan de รฉl. Pronรบncienlo delante de Dios y despuรฉs recen lentamente: “Jesรบs, hoy decido perdonar como Tรบ me perdonaste. Solo no puedo, pero contigo todo es posible. Sana mi corazรณn y hazme un instrumento de tu paz.”
Quizรก hoy no desaparezca todo el dolor, pero habrรกn dado el primer paso. Y Dios nunca abandona a quien da el primer paso hacia รl.
Finalmente, pongamos esta intenciรณn en las manos de nuestra Madre Santรญsima. La Virgen Marรญa estuvo al pie de la cruz viendo morir a su Hijo inocente y aun en medio del dolor permaneciรณ llena de fe. Pidรกmosle que nos enseรฑe a guardar un corazรณn limpio, humilde y misericordioso, que ella nos acompaรฑe cuando nos cueste perdonar, que nos tome de la mano y nos conduzca siempre hacia Jesรบs.
Y que cuando llegue el dรญa de nuestro encuentro definitivo con el Seรฑor, podamos escuchar aquellas palabras que todo cristiano anhela: «Muy bien, siervo bueno y fiel; entra en el gozo de tu Seรฑor.» (Mateo 25, 23).
Que el Seรฑor nos conceda un corazรณn semejante al suyo, un corazรณn que sepa amar, un corazรณn que sepa pedir perdรณn y un corazรณn que nunca se canse de amar. Amรฉn.
+ Rev. Pbro. Santiago Emmanuel Velรกsquez Arana
Dicasterio para el Clero, Ciudad del Vaticano 08 de agosto del 2026.