PAPA INOCENCIO
AUDIENCIA GENERAL
AULA PABLO VI
Miércoles, 29 de Julio de 2026
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Primera Catequesis sobre El Concilio Paulino
"No podemos dejar de anunciar lo que hemos visto y oído" (Hch 4,20).
Con estas palabras de los Apóstoles iniciamos nuestra reflexión en esta Audiencia General, iluminados por la Constitución Conciliar "LUMEN VERITATIS", promulgada por el Sacro Concilio Paulino, un documento que nos invita a contemplar nuevamente la esencia de la Iglesia: una comunidad nacida del corazón de Cristo y enviada al mundo entero para proclamar la Buena Nueva. Desde el comienzo de la historia de la Iglesia, el Señor ha confiado a sus discípulos una misión que no puede ser olvidada ni limitada por las circunstancias de cada época: anunciar el Evangelio. Antes de ascender al Padre, Cristo entregó a sus Apóstoles un mandato claro: "Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda criatura" (Mc 16,15). Estas palabras no fueron dirigidas únicamente a una generación concreta de discípulos, sino a toda la Iglesia que camina en la historia. Cada bautizado, al recibir la gracia de Cristo, recibe también la responsabilidad de ser testigo de su amor y de su misericordia. La Iglesia no existe para encerrarse en sí misma, ni para conservar únicamente lo que ya conoce; la Iglesia existe para salir al encuentro del hombre y llevarle la luz de Cristo. Como nos recuerda el Concilio Vaticano II, "la Iglesia peregrinante es misionera por su propia naturaleza" (Ad Gentes, 2), porque tiene su origen en la misión del Hijo y del Espíritu Santo según el designio del Padre. Por ello, la Constitución "LUMEN VERITATIS" comienza recordándonos que la evangelización no es una tarea secundaria, sino la razón misma de nuestra presencia como Iglesia.
Hermanos y hermanas, el Señor eligió a los Doce y los llamó Apóstoles, es decir, enviados. No fueron escogidos solamente para permanecer junto a Jesús, sino para anunciar aquello que habían contemplado y recibido. San Marcos nos dice que Cristo "instituyó a Doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar" (Mc 3,14). Aquí encontramos una enseñanza fundamental: antes de anunciar, debemos encontrarnos con Cristo. La misión nace de una experiencia personal con el Señor. Nadie puede transmitir verdaderamente aquello que no ha permitido transformar su propio corazón. El evangelizador no es simplemente quien comunica palabras religiosas; es aquel que, habiendo encontrado la misericordia de Dios, siente en su interior el deseo de compartirla con los demás. Por eso san Pablo afirmaba con tanta fuerza: "¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!" (1 Co 9,16). Estas palabras del Apóstol deben resonar también en nosotros. La misión no nace de una obligación fría, sino del amor. Cuando una persona descubre la belleza de Cristo, ya no puede permanecer indiferente ante quienes todavía no conocen su amor. Como enseñaba san Pablo VI, la evangelización constituye la identidad más profunda de la Iglesia: ella existe para anunciar a Cristo, para hacerlo conocer y amar.
La Constitución "LUMEN VERITATIS" nos lleva también a reflexionar sobre un desafío propio de nuestro tiempo: la presencia de la Iglesia en los nuevos ambientes digitales. A lo largo de los siglos, la Iglesia ha sabido anunciar el Evangelio utilizando los medios disponibles en cada época. Los primeros cristianos recorrieron caminos, ciudades y pueblos anunciando a Cristo resucitado. Posteriormente, la Iglesia utilizó la escritura, la imprenta, la radio, la televisión y hoy también los espacios digitales. Los medios cambian, pero el Evangelio permanece. La misión evangelizadora dentro del ámbito digital no significa crear una realidad separada de la Iglesia, ni sustituir la vida sacramental que Cristo ha confiado a su pueblo. Significa aprovechar estos espacios como lugares de encuentro, formación y testimonio, para que aquellos que buscan la verdad puedan descubrir el rostro de Jesucristo.
Como nos recordó el Papa Benedicto, el mundo digital constituye un espacio donde también puede resonar la Palabra de Dios y donde los cristianos están llamados a ofrecer el testimonio de su fe. Pero debemos recordar siempre que la tecnología es solamente un instrumento. El centro no es la plataforma, ni la construcción, ni la organización humana. El centro es Cristo. Una comunidad cristiana no se mide por sus capacidades externas, sino por su fidelidad al Evangelio.
El documento conciliar nos presenta después el hermoso encuentro de Jesús con la mujer samaritana. Este pasaje del Evangelio según san Juan nos muestra el verdadero camino de la evangelización. Jesús no comienza con un discurso distante; se acerca, escucha, dialoga y transforma. La mujer samaritana llega al pozo buscando agua, pero encuentra algo mucho más grande: encuentra al Salvador. Después de ese encuentro, ella no guarda para sí la alegría recibida, sino que corre hacia su pueblo y anuncia: "Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?" (Jn 4,29). Este es el corazón de la evangelización: llevar a otros al encuentro con Cristo. No estamos llamados solamente a transmitir información sobre la fe, sino a abrir caminos para que otros puedan encontrarse con el Señor vivo. La Iglesia debe ser siempre una comunidad que conduce hacia Cristo, una comunidad que acompaña, escucha y anuncia.
Hermanos y hermanas, la segunda parte de la Constitución "LUMEN VERITATIS" nos recuerda también el origen y la vocación de esta comunidad evangelizadora en los ambientes digitales. Toda obra de Dios comienza muchas veces con pequeños instrumentos humanos. La historia de la Iglesia está llena de hombres y mujeres que, con pocos recursos, pero con una gran confianza en el Señor, permitieron que la gracia de Dios actuara. La comunidad cristiana en estos espacios digitales nació precisamente con ese deseo: abrir una puerta para que Cristo pudiera ser anunciado. Pero debemos recordar una verdad fundamental: ninguna comunidad pertenece a las personas que la forman; pertenece a Cristo. La Iglesia no es una realidad creada según gustos personales, intereses humanos o preferencias individuales. La Iglesia tiene un único fundamento: "Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo" (1 Co 3,11). Cuando una comunidad pierde a Cristo como centro, pierde también su verdadera identidad. Por eso, el llamado del Concilio Paulino es a permanecer unidos, fieles y humildes, comprendiendo que toda misión recibida de Dios exige responsabilidad y servicio.
En este camino de renovación eclesial, queridos hermanos, también vivimos momentos concretos donde la Iglesia manifiesta su misión pastoral. Todo ministerio que el Señor confía a un hombre dentro de su Iglesia debe entenderse siempre como una llamada al servicio y nunca como un privilegio personal. El Señor no preguntó a Pedro cuántos títulos tenía ni cuánto reconocimiento había alcanzado; le hizo solamente una pregunta: "¿Me amas?" (Jn 21,17). Y después de aquella respuesta le confió una misión: "Apacienta mis ovejas".
Al mismo tiempo, quisiera invitar a toda la comunidad a redescubrir el valor del perdón. La Iglesia necesita pastores y fieles con un corazón semejante al de Cristo: firme en la verdad, pero inmensamente rico en misericordia. Perdonar no significa ignorar las heridas ni renunciar a la justicia; significa permitir que la gracia de Dios sane aquello que el resentimiento jamás podrá restaurar. Un pastor no está llamado a conservar divisiones, sino a reconciliar; no a alimentar rencores, sino a sembrar esperanza. El mismo Señor nos enseñó: "Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso" (Lc 6,36). Que nunca falte entre nosotros la capacidad de tender la mano, de pedir perdón cuando sea necesario y de ofrecerlo con sinceridad, porque una Iglesia que anuncia la misericordia de Dios debe ser también una Iglesia que sabe vivirla.
Queridos hermanos y hermanas, en esta primera reflexión sobre la Constitución Conciliar "LUMEN VERITATIS" hemos contemplado que la Iglesia nace enviada, que el Evangelio no puede permanecer encerrado y que cada época ofrece nuevos caminos para que Cristo sea anunciado. El Concilio Paulino nos recuerda que la misión no consiste simplemente en ocupar espacios, sino en llevar la presencia de Cristo a los corazones. Que nuestra vida y nuestro servicio respondan siempre a aquella llamada que el Señor dirigió a sus discípulos: anunciar la Buena Nueva con fidelidad, con alegría y con un corazón dispuesto a servir. Porque cuando Cristo es anunciado con humildad, cuando la verdad camina de la mano de la caridad y cuando la Iglesia permanece unida en la comunión, el Evangelio continúa iluminando el mundo con la misma fuerza con la que resonó desde los primeros días de la predicación apostólica.