15 junio 2026

Testamento Espiritual | Su Santidad PIVS Pp

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TESTAMENTO ESPIRITUAL
SU SANTIDAD, EL PAPA PIO

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 PIVS, EPISCOPVS,
SERVVS SERVORVM DEI

«Te doy gracias, Dios Altísimo, por los tantos y las tantas que me diste, que hicieron ver en mi alma tu presencia.»

Con estas palabras que me hacen expresar mi gratitud al Dios Altísimo por cada uno de ustedes, deseo comenzar mi último testimonio de fe, esperanza y amor. Al acercarme al momento en que el Señor me llame a contemplar su Rostro eterno, elevo mi corazón en acción de gracias por la inmensa bondad con la que ha acompañado cada instante de mi vida.

Doy gracias a Dios Padre, rico en misericordia, porque me llamó para servirle en su Iglesia. Nada de cuanto he realizado ha sido fruto de mis fuerzas, sino obra de su gracia, que nunca me abandonó, incluso en las horas de oscuridad, de prueba y de incertidumbre.

Doy gracias a Jesucristo, mi Señor y Salvador, cuyo Sagrado Corazón fue siempre refugio seguro para mi alma. En Él encontré consuelo en las penas, fortaleza en las dificultades y alegría en el servicio. A Él confío todo lo que fui, todo lo que amé y todo lo que procuré realizar por el bien de la Iglesia.

Doy gracias al Espíritu Santo, dulce Huésped del alma, que iluminó mis pasos y sostuvo mi ministerio. Que Él continúe guiando a la Iglesia por los senderos de la verdad, de la unidad y de la santidad.

A la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, Reina de los Ángeles, encomiendo mi alma. Bajo su protección aprendí a decir cada día: «Hágase en mí según tu palabra». Que Ella me conduzca de la mano hasta la casa del Padre.

A mis amados hermanos cardenales y obispos, a mis amados hijos  sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas que el Señor puso en mi camino, les expreso mi gratitud más sincera. He visto en ustedes el rostro de Cristo; he aprendido de su fe, de su sacrificio silencioso y de su amor por la Iglesia. Si alguna vez mis palabras o decisiones les causaron sufrimiento, les pido humildemente perdón. Nunca deseé otra cosa que cumplir la voluntad de Dios y servir al Pueblo Santo que me fue confiado.

A quienes caminaron conmigo durante este tiempo de ministerio, les dejo una sencilla recomendación paternal: permanezcan siempre cerca de Jesús. No permitan que el ruido del mundo apague la voz del Buen Pastor. Busquen la santidad en lo cotidiano, amen a la Iglesia incluso en sus heridas y nunca pierdan la esperanza. Cristo ha vencido al mundo y permanece con nosotros hasta el fin de los tiempos.

Ruego especialmente por todos ustedes, para que perseveren, para que continúen, para que su servicio y entrega generosa no flaquee, para que encuentren en la Iglesia una madre que los reciba, una familia que los acompañe y un hogar donde puedan experimentar la ternura de Dios.

Hijos míos: no tengan miedo de entregarle la vida al Señor. Él nunca se deja ganar en generosidad, les suplico que permanezcan fieles al altar, a la oración y al pueblo que les ha sido confiado.

No dejo riquezas materiales ni pretensiones humanas. Mi único tesoro es la fe de la Iglesia, la esperanza en las promesas de Cristo y la certeza de que el amor de Dios es más fuerte que la muerte.

Cuando llegue la hora de mi partida, no deseo que se me recuerde por mis méritos, pues son pocos y limitados. Quisiera ser recordado simplemente como un servidor que intentó amar a Dios y a sus hermanos, repitiendo sin césar: "Estoy aquí para servir"; un peregrino que, entre fragilidades y luchas, procuró permanecer fiel a la voz del Señor.

Por ello, les pido una última caridad: únanse más, compartan más, sean hermanos primero y después servidores, dejen las diferencias, los enojos, los egoísmos, las busquedas de poder, dejen moldear el tesoro que llevan dentro por las manos del divino alfarero. También les pido que oren por mí. Celebren la Santa Misa por el descanso de mi alma y encomiéndenme a la misericordia infinita del Padre.

Y ahora, con el corazón sereno y lleno de confianza, repito las palabras que han acompañado mi vida:

Aquí estoy para servir; he vivido sirviendo, muero en el servicio para encontrarme con aquel que un día dijo: "No he venido a ser servido si no a servir.» (Mt 20,28)

Que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo sean benditos por los siglos de los siglos.

Amén.

Dado en Roma, junto a la tumba del Apóstol Pedro, en la espera vigilante del Reino, a los trece (13) días del mes de junio del Año Santo del Señor (2026) dos mil veintiséis. Segundo de nuestro pontificado.  

PONTIFEX MAXIMUS