13 mayo 2026

Carta | Per Cor Immaculatum Eius Pax Nobis Veniet

  

Carta: Per Cor Immaculatum Eius Pax Nobis Veniet
Con ocasión de la fiesta de Nuestra Señora de Fátima
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PREÁMBULO

“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (5,9)

La memoria que hoy celebramos de Nuestra Señora de Fátima nos vuelve a reunir, queridos hermanos, bajo esta maternal mirada de María, aquella que en medio de nuestras angustias y las del mundo nos ha recordado que el camino hacia la paz necesariamente tiene que pasar por una conversión del corazón. Cada frase que Ella nos dejó no se quedaron en ese momento porque bien podemos observar que continúan participando de la Iglesia en donde seguimos siendo llamados a vivir el Evangelio con una verdadera autenticidad, caridad y comunión.

Esta paz que nuestra Madre nos implora es una tarea espiritual, una responsabilidad cotidiana de cada uno de nosotros en donde se nos exige una tarea profundamente cristiana. En ese lugar donde el corazón aprende a amar con una verdadera humildad, ahí comienza la paz.

La paz común.

La primera petición que quiero elevar junto con ustedes en esta fiesta es una sincera súplica por la paz dentro de nuestra comunidad. Quiero dejarles en claro que no podemos pedir al mundo una reconciliación mundial si entre nosotros mismos permitimos el crecimiento de divisiónes, de resentimientos y conflictos que lentamente van desgastando la común unión. Todas las comunidades que siguen a Cristo estamos llamados a convertirnos en un signo visible de paz; en un caso contrario, se corre el riesgo de anunciar con palabras aquello que contradecimos con nuestras actitudes.

Tenemos que comprender que la paz no consta solo de evitar discusiones visibles, también se rompe la comunión cuando nuestro corazón se acostumbra a una ironía hiriente, a insinuaciones constantes, a comentarios pasivo-agresivos o incluso a las palabras que se pronuncian con la intención de humillar a alguien queriendo hacerlo pasar por una llamada de atención. He observado con tristeza cómo algunas situaciones pequeñas —que bien pudieron haberse resuelto con madurez y prudencia— terminan creciendo hasta que se convierten en conflictos mayores que culminan en sanciones, distanciamientos y expulsiones dolorosas. Ninguna, absolutamente ninguna división nace de un momento aislado, casi siempre comienzan con pequeños gestos que fueron tolerados hasta que se hicieron una costumbre.

Es por esto que quiero exhrtarlos a custodiar el modo en que hablamos dentro de nuestra comunidad. El lenguaje de un cristiano siempre debe de reflejar la caridad de Cristo y así nos lo dice San Pablo « No profieran palabras inconvenientes; al contrario, que sus palabras sean siempre buenas, para que resulten edificantes cuando sea necesario y hagan bien a aquellos que las escuchan.» (Ef 4,29). Esa invitación sigue siendo actual para nosotros. Una palabra dicha sin ninguna prudencia puede herir durante años, lo mismo que hace una corrección sin caridad, destruir vínculos que costaron tiempo en construir.

Además, nuestra responsabilidad no termina en los espacios oficiales destinados a nuestra comunidad. Nuestro testimonio cristiano no queda suspendido al entrar a grupos externos o conversaciones ajenas a nuestra comunidad. Me preocupa bastante conocer que en diversos grupos externos llegan a surgir comentarios, rumores y actitudes que terminan afectando directamente la paz interna de nuestra comunidad. Aquél que es verdadero discípulo de Cristo no puede dividir su identidad, no se puede actuar con fraternidad en un lugar y con dureza en otro. Allí donde nos encontremos estamos llamados a reflejar aquello que decidimos creer.

Es aquí donde nuestra Madre, la Virgen de Fátima nos invita precisamente a esta conversión del corazón. María jamás reunió a sus hijos para alimentar divisiones, ella siempre buscó la oración, la reconciliación y la penitencia. Una comunidad que es verdaderamente cristiana no es aquella donde jamás existen desacuerdos, es aquella donde incluso las diferencias son tratadas con respeto, caridad y humildad. La paz desarmante —de conflictos y divisiones— necesita paciencia, dominio propio y capacidad de escuchar antes que responder.

Por esto les pido, queridos hermanos, que aprendamos de nueva cuenta a ser custodios de la comunión, que sepamos discernir antes que escribamos. La paz no se construye solamente mediante grandes decisiones, también la podemos edificar en la delicadeza de las pequeñas acciones de nuestro día a día.

La busqueda ciega de "igualdad".

Partiendo así de esta paz que debemos de construir entre nosotros, veo necesario hablar también de una herida silenciosa que poco a poco nos puede ir debilitando el espíritu comunitario o lo que podríamos llamar: una falsa vida espiritual. Esto aparece cuando el progreso, el reconocimiento o el crecimiento a otros nos comienza a generar una molestia, una mala comparación o un resentimiento interior que, por una busqueda de paz sin amor, se observa como un acto ciego de rechazo. 

Hay veces en las que observamos que un hermano nuestro recibe  una responsabilidad mayor, que avanza en su camino voacional o que es llamado a un servicio distinto y en lugar de que nos alegremos por él, nos permitimos que el corazón se llene de inconformidad. Es ahí donde comienzan las comparaciones, los juicios ocultos y una sospecha interior. Sin embargo, antes de que nos preguntemos sobre el por qué otro ha sido llamado a cierta misión, quizá deberíamos preguntarnos primero ¿cuál es realmente nuestra intención al permanecer en la comunidad?.

El Santo Padre Pablo —de feliz memoria— nos recordaba en su encíclica AD VERVM SERVITIVM  que nadie pertenece a esta comunidad para buscar poder, prestigio o reconocimiento, sino para servir en verdad. Eso nos debe ser recordado siempre, porque si nuestro servicio se convierte en un acto solamente externo y Cristo deja de ser el centro de todo, entonces nuestro corazón facilmente convierte a la vida comunitaria en una competencia.

Muchas veces llegamos a olvidar que el verdadero crecimiento dentro de la Iglesia no es siempre visible. Pueden haber hermanos que jamás recibirán un título importante y, sin embargo, sostienen a la comunidad con su fidelidad, con su oración, con la paciencia y con su gran capacidad para permanecer incluso en medio de las dificultades existentes. Delante de Dios la grandeza no se medirá según los cargos que hayamos ocupado, se medirá según la profundidad del amor con que se ha servido. Cristo mismo lavó los pies de sus discípulos (Cf Jn 13, 14-14) dejandonos claro que toda autoridad cristiana encuentra su sentido en la verdadera entrega.

Es por esto que, si alguna vez sirguera dentro de nosotros esa inquietud de preguntarnos "¿por qué yo no?" es conveniente dirigir nuestra mirada hacia nuestro corazón. ¿He obedecido aunque no lo entienda del todo?, ¿he permanecido fiel en mis tareas pequeñas? ¿he trabajado por la paz o he alimentado a las tensiones?, ¿he corregido con caridad?, ¿He servido incluso cuando no me reconocen mi esfuerzo? Esas preguntas no nos deben de producir la desesperanza, deben ayudarnos a purificar nuestras intenciones. Si nuestro corazón se purifica va a desaparecer la necesidad de competir.

Nuestra comunidad no necesita a miembros obsesionados con ascender. Nuestra comunidad necesita corazones disponibles para servir de verdad. Si nuestro servicio es sincero entonces Dios mismo se encargará de conducir a cada uno según su voluntad. La paz interior comienza cuando nos dejamos de comparar y aprendemos a alegrarnos verdaderamente por el bien de nuestros hermanos y de nuestra comunidad. Una comunidad de verdad madura no es aquella donde todos desean ocupar el primer lugar, es aquella donde cada uno busca cumplir con fidelidad la misión que le ha sido confiada.

Su Corazón Inmaculado triunfará

Por último, deseo que volvamos nuestra mirada hacia aquella bellísima frase que permanece como una de las mayores esperanzas dejadas por nuestra Señora: "Al final, mi Corazón Inmaculado triunfará".

Esa frase tan hermosa contiene una promesa que, en la situación de la realidad en la que vivimos actualmente —un mundo herido por la violencia, la desesperanza, el egoísmo y la división, muchas familias que experimentan conflictos, hombres que cargan sufrimientos silenciosos, numerosas comunidades cristianas que enfrentan la persecución—, María nos responde dejandonos esperanza. El triunfo de su corazón Inmaculado es el triunfo de Dios que obra en los corazones que se dejan transformar por su gracia.

Por eso, habiendo ya reflexionado sobre nuestra paz comunitaria, me animo a invitarloa a elevar nuestra mirada hacia el resto del mundo. No podemos encerrarnos solo en nuestras preocupaciones internas mientras tantos hermanos —incluso dentro de nuestra comunidad— sufren necesidad de paz. Debemos de orar por la paz en las familias divididas, por nuestros hermanos que viven rodeados de violencia, por aquellos valientes que anuncian el Evangelio en medio de persecuciones y por quienes han perdido la esperanza en medio de las dificultades de la vida.

Pidamos también por la paz entre las naciones, para que la dignidad humana sea respetada, para que la justicia prevalezca sobre la corrupción y para que la libertad religiosa jamás sea sofocada por el miedo o la intolerancia. La paz auténtica jamás puede separarse de la verdad, de la justicia y de la caridad, así San Juan XXIII nos lo decía en Pacem in Terris, la paz se difica sobre el reconocimiento del orden querido por Dios y sobre el respeto de los derechos y deberes de toda persona humana (Cf. Pacem In terris 37).

Nosotros también, desde nuestra realidad como comunidad, estamos llamados a convertirnos en pequeños instrumentos de esa paz que el mundo necesita. Los gestos de reconciliación, las palabras prudentes, los servicios realizados con humildad y los conflictos evitados mediante la caridad forman parte de esa obra silenciosa por la cual Dios sigue actuando en la historia de la humanidad.

En verdad, en verdad deseo que nuestra Madre, la Virgen María, en su advocación de nuestra Señora de Fátima, nos enseñe a custodiar la paz, a que rechacemos cualquier división innecesaria y a que caminemos unidos bajo la mirada de Cristo y que en donde existan heridas, tensiones o desconfianzas, podamos convertirnos en un signo humilde de reconciliación y esperanza. Nuestra comunidad necesita volver a recordar que solo el amor sostenido por la verdad puede permanecer.

Al final, el Corazón Inmaculado de nuestra Madre triunfará.

En el Señor,

  • ✠ Mons. Carlo, Card. Cantoni
    Cardenal de la Santa Iglesia Romana