CARTA ENCICLICA
LVCEM VITAE
Del Santo Padre
Pío
Sobre Cristo, Luz de la Vida, esperanza de los corazones cansados
«Yo soy
la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la
luz de la vida» (Jn
8,12).
Introducción
1. La luz que no se apaga. Con corazón de padre y pastor me
dirijo a todos los hijos de la Iglesia y a todos los hombres y mujeres de buena
voluntad. En este tiempo marcado por la prisa, la incertidumbre y el cansancio
interior, muchos viven con el alma herida, abatidos por la desesperanza,
desanimados por las pruebas, sin fuerzas para continuar el camino. A ellos
deseo dirigir, de modo particular, esta Encíclica, para anunciar con voz clara
y serena que Cristo es la Luz de la Vida, y que en Él ninguna noche es
definitiva. “La luz de la fe ilumina todo el recorrido del camino, porque viene de
Cristo resucitado, estrella de la mañana que no conoce ocaso.” (Lumen Fidei, 1)
2. Un clamor silencioso. Escucho el clamor de quienes sienten que la luz se ha debilitado en su interior; de quienes avanzan con pasos pesados, como si el sentido de la vida se hubiese vuelto borroso. A todos ellos la Iglesia no ofrece una idea ni un consuelo pasajero, sino una Persona viva: Jesucristo, el Señor, que ilumina la historia y el corazón humano.
I. La oscuridad que habita el corazón humano
3. Sombras de nuestro tiempo. El ser humano, creado para la luz, experimenta con frecuencia la oscuridad: la del sufrimiento no comprendido, la del fracaso repetido, la del pecado que hiere, la de la soledad que pesa. Estas sombras no son nuevas, pero hoy se presentan con fuerza particular, acentuadas por la fragilidad de los vínculos, la cultura del descarte y la pérdida de horizontes trascendentes.
4. El cansancio del alma. Hay un cansancio que no se cura con descanso físico. Es el agotamiento del alma cuando pierde la esperanza. “La falta de esperanza no es sólo una falta de información, sino una falta de sentido.” (Spe Salvi, 2). Muchos viven así: cumplen con sus deberes, sonríen exteriormente, pero por dentro sienten que la vida se ha vuelto pesada y sin brillo. Ante esta realidad, la fe cristiana no niega la oscuridad, pero proclama con firmeza que la luz es más fuerte que las tinieblas.
II. Cristo, Luz verdadera que da vida
5. La Luz que viene de Dios. La Sagrada Escritura nos
presenta a Cristo como la luz verdadera que ilumina a todo hombre (cf. Jn 1,9).
Él no es una luz distante ni fría, sino una luz cercana, que entra en la
historia humana, asume nuestras heridas y las transforma desde dentro.
6. Luz que da sentido. Cuando Jesús afirma: «Yo soy
la luz del mundo» (Jn 8,12), no se refiere únicamente a una iluminación
intelectual, sino a una luz que da sentido, dirección y vida.
Quien se deja iluminar por Cristo descubre que su existencia, aun marcada por la
cruz, no es absurda, sino fecunda.
7. La cruz, lámpara encendida. Paradójicamente, la máxima
manifestación de esta luz se da en la cruz. Allí donde parece reinar la
oscuridad, Dios enciende la lámpara del amor extremo. Desde la cruz, Cristo
ilumina el dolor humano y lo convierte en camino de salvación.
III. Para los que se sienten sin fuerzas
8. Una palabra de cercanía. A ustedes, hermanos, que se
sienten sin ánimo, que piensan que ya no pueden más, les digo con ternura: no
están solos. El Señor conoce su cansancio, ve sus lágrimas y camina a su
lado, incluso cuando no lo perciben.
9. La luz que acompaña el paso
lento. Cristo
no exige pasos rápidos ni fuerzas extraordinarias. Él se adapta al ritmo del
corazón herido. “El amor es una fuerza que transforma desde dentro.” (Deus
Caritas Est,1) Basta una pequeña apertura, una rendija del alma, para que su
luz comience a entrar y a disipar la oscuridad.
10. Esperar contra toda esperanza. La esperanza cristiana no es
ingenua ni evasiva; nace del encuentro con Cristo resucitado. Aun cuando todo
parece perdido, la luz de la vida sigue brillando, porque Dios no abandona la
obra de sus manos.
IV. La Iglesia, reflejo de la Luz
11. Llamados a reflejar a Cristo. La Iglesia no es la luz, pero
está llamada a reflejarla. Cuando vive el Evangelio con autenticidad, se
convierte en faro para los cansados, en hogar para los heridos, en espacio
donde la vida vuelve a florecer. Allí donde la Iglesia se acerca con humildad y
misericordia, la oscuridad retrocede y renace la esperanza.
12. Comunidades que iluminan. Invito a esta comunidad
cristiana a ser lugar donde nadie se sienta invisible, donde el desanimado
encuentre escucha, el desesperado consuelo y el débil apoyo. Cada gesto de
caridad, cada palabra de aliento, cada acto de perdón es un rayo de la Luz de
Cristo en medio del mundo.
13. Pastores con corazón luminoso. De manera especial exhorto a los
pastores a no apagar la mecha humeante ni quebrar la caña resquebrajada (Is
42,3). El ministerio pastoral está llamado a ser presencia de luz paciente,
cercana y fiel, que acompaña los procesos humanos sin juzgar, sin cansarse, sin
rendirse. “El sacerdote está llamado a ser imagen viva de Jesucristo, Esposo
y Pastor de la Iglesia.” (Pastores Dabo Vobis, 12)
V. Una Iglesia en salida, portadora de la Luz
14. La misión nace de la luz
recibida. Quien ha
sido iluminado por Cristo no puede guardar esa luz solo para sí. La fe
auténtica se convierte necesariamente en misión. La Iglesia existe para
evangelizar, es decir, para llevar la Luz de la Vida a todos los rincones donde
reinan la tristeza, el miedo y la desesperanza.
15. Salir al encuentro de los
heridos. Hoy la
misión nos conduce especialmente hacia las periferias existenciales: hacia
quienes han perdido el sentido de la vida, hacia los que viven sin esperanza,
hacia los jóvenes desorientados, los ancianos olvidados, los pobres de cuerpo y
de espíritu. Allí, más que discursos, se necesita la cercanía que ilumina.
16. Testigos antes que maestros. El mundo no necesita solo
palabras sobre la luz, sino testigos que vivan iluminados. Cada cristiano está
llamado a ser una lámpara encendida en su familia, en su trabajo, en su
comunidad. Una fe vivida con coherencia es una predicación silenciosa pero
poderosa.
17. La misión como acto de amor. Evangelizar no es imponer, sino
proponer; no es dominar, sino servir; no es condenar, sino mostrar el rostro
misericordioso de Cristo. La misión brota del amor y conduce al amor, porque la
Luz verdadera no hiere los ojos, sino que sana el corazón.
18. No apagar la luz. Exhorto a todos los fieles a no dejar que la rutina, el miedo o el pecado apaguen la luz recibida en el bautismo. Alimenten esa luz con la oración, la Palabra de Dios y los sacramentos, para que el mundo crea al ver sus obras buenas y glorifique al Padre que está en los cielos.
VI. La Liturgia, escuela de la Luz
19. La Palabra que ilumina. En cada celebración Litúrgica, la proclamación de la Sagrada Escritura es lámpara para los pasos del creyente; “lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Sal 119,105). Cuando la comunidad escucha el Evangelio, es Cristo mismo quien habla y su palabra como luz eterna y perfecta penetra en las sombras del corazón. La Liturgia es, por tanto, un encuentro con la luz viva que transforma la existencia.
20. La oración como lámpara encendida. La plegaria del creyente, humilde y perseverante, es como aceite que mantiene viva la lámpara de la fe (Mt 25). Como comunidad de creyentes congregada junto al Altar para celebrar la Liturgia, eleva oraciones de acción de gracias, suplicas e intercesión; y así en esta oración comunitaria, como en la oración personal, la luz de Cristo se aviva y se expande, convirtiendo la noche en aurora.
21. El Altar, fuente de la luz que sostiene. En el centro de la Liturgia se encuentra el misterio eucarístico, donde Cristo, Luz del mundo, se hace Pan partido para la vida de los hombres. Alrededor del Altar, la Iglesia aprende que la luz no es solo palabra que se escucha ni oración que se eleva, sino don que se recibe y vida que se comparte. Quien se nutre del Cuerpo y la Sangre del Señor no camina solo en la oscuridad, porque lleva en sí la luz de Aquel que se entrega por amor. Así, la Liturgia educa al creyente a vivir iluminado por Cristo y a convertirse, a su vez, en reflejo de esa luz para el mundo.
Conclusión
22. Caminar hacia la aurora. Queridos hermanos, la noche no tiene la última palabra. Cristo, Luz de la Vida, camina delante de nosotros y nos conduce hacia la aurora que no conoce ocaso. Acojamos su luz, dejemos que ilumine nuestras sombras y seamos, a nuestra vez, portadores de esperanza en medio de un mundo cansado.
23. Intercesión Maternal de María, Madre del que es la Luz. Confío esta Comunidad a la intercesión de la Virgen María, estrella de la mañana, para que nos guíe por el camino seguro, para que nos guie siempre hacia su Hijo, Luz eterna.
Con afecto pastoral, imparto a todos mi bendición apostólica.
Dado en Roma, junto a la tumba del Apóstol Pedro, a los veinticinco (25) días del mes de diciembre del Año Santo dos mil veinticinco (2025), primero de Nuestro pontificado.
Pontifex Maximvs
