Carta: De Nativitate UnitatisCon ocasión de la Solemnidad del Nacimiento del Señor_______________________________________
PREÁMBULO
“A Cristo, que por nosotros ha nacido, venid, adorémosle.” (Liturgia de las Horas, vol. I: Tiempo de Navidad, antifona del invitatorio)
Nuestra madre, la Iglesia, se dispone a celebrar el tiempo de navidad con el firme reconocimiento de que el nacimiento del Hijo de Dios pertenece al magnífico centro de nuestra fe cristiana. Es ahí, en el misterio de Belén, en donde Dios ha querido ingresar de una manera definitiva en la historia de la humanidad —sabiendo que lo ha estado siempre—, asumiéndola desde su interior y recordando que permanece unido para siempre a ella. A pesar de que en la actualidad se ha paganizado, la Navidad no está limitada a un evento que pasó hace más de 2000 años, sino que ella nos sigue acompañando e iluminando nuestro caminar como Pueblo de Dios a lo largo de los años.
En el momento en que adoramos al Niño nacido de María, nuestra fe va reconociendo que la iniciativa de la salvación siempre proviene de Dios y no de nuestro esfuerzo humano. El Verbo hecho carne se nos ofrece como un don y su humilde presencia nos invita a responder libre y conscientemente al llamado de abrir las puertas de nuestro corazón —como lo observamos en la carta pasada—. La Navidad va disponiendo nuestro corazón para que recibamos aquello que no puede producir por sí mismo...la cercanía real de Dios.
En este santo tiempo la Iglesia se ve llamada a hacer una pausa y detenerse para permanecer ante el asombroso misterio que celebra. La adoración se convierte así en una hermosa actitud que orienta nuestra vida cristiana recordándonos que Dios no ha querido salvar al mundo desde la distancia, sino, compartiendo la condición humana y, desde esta certeza, nace en nosotros una nueva forma de comprender nuestra fe, nuestra misión y nuestra vida en común unidad.
Vemos a la Navidad como una forma de la cercanía de Dios.
La Navidad nos revela que Dios no ha querido salvar al hombre desde lejos, que tampoco ha hablado solo por leyes, signos o promesas. Él asumió la condición humana hasta las últimas consecuencias y es el nacimiento del Hijo de Dios la manifestación más concreta de como Él elige relacionarse con la creación, permaneciendo, habitando y compartiendo.
En el pesebre podemos observamos la magnificencia de Dios quien no teme a la fragilidad ni a la humildad, no evita la pobreza de lo humano y, al nacer como niño, Dios acepta ser recibido y cuidado. Algo que podría parecer secundario llena el el centro de nuestra fe, Dios no domina la historia desde fuera —como se podría pensar— sino que la sostiene desde su interior.
Es por esto que la Navidad es la confirmación permanente de que Dios continuamente se implica en la vida real de los hombres, en sus comunidades, en sus relaciones y en sus responsabilidades. La encarnación prolonga su lógica en la vida de la Iglesia, una vida llamada a estar con una presencia fiel, paciente y cerca a la de todos los miembros del Pueblo de Dios.
Llama más la atención —el misterio de Belén— a quienes están al servicio de la Iglesia, porque celebrar la Navidad significa que aceptamos a toda costa que cualquier muestra de servicio y autoridad en la Iglesia debe de reflejar el modo en que Dios se nos ha presentado, sin apropiarse, sin imponerse y sin buscar enaltecerse. El nacimiento de Cristo dispone a toda la misión que tiene la Iglesia bajo la mirada del amor que se entrega sin ninguna reserva.
El contemplar al Niño Dios educa nuestro corazón en una sabiduría menos apresurada, nos enseña a reconocer que lo verdaderamente importante no siempre se ve manifestado de una forma inmediata, y en ese mismo sentido, La Navidad purifica nuestra mirada para volverla a poner en el centro que es Cristo que se hace presente, Cristo cercano...Cristo que permanece.
Todos los que se acercan al misterio de la Navidad con un corazón bien dispuesto y preparado van a descubrir que Dios no vino al mundo para ocupar un lugar en medio de otros, sino que Él vino a darle sentido a absolutamente todo. En el lugar donde Él es recibido, incluso lo más común queda impregnado de su amor, y así, sin ningún espectáculo, la historia de la humanidad vuelve a encontrar su dirección: caminar en esperanza al Reino de Dios.
Contemplemos a la navidad como un don de paz y de unidad.
El nacimiento del Emmanuel le abre la puerta al mundo a la realidad de la paz que procede de Dios y se nos ofrece como el fundamento de la convivencia humana. En el canto de los ángeles, esa promesa que va dirigida a la humanidad resuena cuando aclaman «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor» (Lc 2,14). La Navidad nos anuncia que la paz es un don que brota de la presencia de Dios entre nosotros.
Esta paz —que vemos manifestada en distintos entornos y de distintas maneras— tiene su primer espacio en la familia, donde el nacimiento de nuestro Salvador nos invita a renovar nuestros vínculos, a que sanemos las heridas pasadas y reestablezcamos la confianza mutua, recordando que, allí, donde Cristo es acogido, el corazón aprende a abrirse al perdón y a la paciencia. El tiempo de Navidad nos debe de recordar que la unidad comienza siempre con gestos sencillos, al escuchar atentamente o en el cuidado mutuo, siempre y cuando sean vividos como una expresión del amor que recibimos de Dios.
Esa unión que nace del misterio de Belén la debemos de extender también a nuestras amistades y comunidades. El Hijo de Dios, en el momento en que asume la condición humana, une a todos los hombres entre sí para reunirlos en el mismo horizonte de esperanza. y lo vemos cuando San pablo lo reafirma cuando dice que Cristo es nuestra paz y que en Él, todos los muros de separación fueron derribados (cf. Ef 2,14), y con esa afirmación recordamos que nuestra fe está llamada a generar auténticos encuentros y relaciones marcadas siempre por la caridad.
La Navidad educa nuestro corazón en la humildad ya que Dios ha querido acercarse a nosotros desde una forma de vida que estuvo marcada por la sencillez, y en esta elección podemos ver que a nosotros se nos invita a vivir nuestra vida como cristianos el llamado a la unidad en humildad, amando sin buscar un reconocimiento. La humildad se ve convertida en el espacio donde la unidad puede crecer y sostenerse.
La caridad encuentra en la navidad su orientación: «Amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios» (1 Jn 4,7). La celebración del nacimiento del Señor nos recuerda que el amor cristiano es una respuesta al amor primero de Dios. En el lugar en que la caridad es vivida coherentemente, la unidad se logrará convertir en una verdadera experiencia. Y, en este sentido, la Navidad ofrece a la Iglesia el criterio de que la paz, la unidad y la caridad deben ser expresadas en actitudes concretas que edifican la comunión. No podríamos decir que la paz es únicamente la ausencia de una guerra, sino que debemos decir que es también obra de la justicia (Gaudium et Spes, 78), y en el misterio del nacimiento del Mesías, esa paz encuentra su origen y su dirección.
Permanezcamos en el misterio que celebramos
La celebración de la Navidad no va a terminar con el paso de los días de su octava y tampoco de los días de fiesta. Ese misterio del nacimiento de nuestro Señor se queda y permanece para siempre como una referencia viva para nuestra fe y para la vida de toda la Iglesia. Aquel Humilde que ha nacido en Belén nos continúa acompañando a todos y nos orienta para caminar en medio del mundo, siendo sostenidos por la esperanza y dando sentido a nuestra historia.
La presencia del Niño recién nacido nos invita a vivir nuestra vida de hijos de Dios de manera fiel y recta, siempre marcada por la atención a nuestros hermanos y la responsabilidad compartida de ser constructores del Reino. Si nuestra comunidad se deja moldear por este misterio de la Navidad, lograremos expresar nuestra fe con coherencia y lograremos ganar una dimensión vivamente eclesial. Esta Navidad nos debe de recordar que la Iglesia existe para ser un espacio de reconciliación, de cuidado mutuo, de buena acogida y un reflejo del amor de Dios, mismo reflejo que debe ser nuestra vida de aquello que celebramos.
Este santo tiempo nos sitúa ante una elección interior que debemos recibir con el corazón abierto: el custodiar lo que recibimos y permitir que este misterio configure nuestro modo de pensar, de hablar y de actuar. La fidelidad que le debemos a Cristo la vemos en la constancia con la que vivimos la caridad, en nuestra disposición a escuchar atentamente y en la búsqueda del bien común. La fe encuentra su madurez cuando la traducimos en una vida que permanece siempre abierta a la relación y acción de Dios.
El Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, mientras se mantiene reunida en torno al nacimiento de su Salvador, reconoce que todo su camino —el ya transcurrido y el que está por transcurrirse— está sostenido por una Presencia que no se retira, y en esta certeza se apoya su esperanza y su misión.
El vivir la Navidad celebrada en comunión de nuestra fe, nos va a ayudar a aceptar que es un don que nos acompaña y nos orienta, recordando que Dios ha querido habitar entre nosotros, y lo más importante, permanecer con nosotros.
Concluyo mi carta como quien guarda silencio ante un misterio ante el que me veo superado. Lo que he escrito no espero que encierre en conceptos lo que solo puede ser acogido con la fe. Cada uno de nosotros, en la intimidad de nuestra oración, estamos llamados a prolongar lo que aquí se nos señala.
La Natividad de nuestro Salvador no acaba en textos, celebraciones o reflexiones, la Navidad se cumple ahí, en el corazón que se deja visitar y que abre su vida, con sencillez, a la presencia del Señor.
Cristo no llega estrepitosamente, Él permanece, espera y llama.
Cristo ha venido, permanece con nosotros...Depende de nosotros acogerlo.
En el Señor,
- ✠ Mons. Carlo, Card. CantoniCardenal de la Santa Iglesia Romana