04 septiembre 2024

Exhortación - Dicasterio Para El Clero

 

A los que lean esto, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre, y de Jesús, nuestro Señor.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Con un corazón humilde y lleno de esperanza, nos acercamos al umbral de un acontecimiento histórico en la vida de nuestra Iglesia, el Concilio Ecuménico Paulino. En este tiempo de gracia y bendición, el Señor nos llama a unir nuestras voces y corazones en una sola oración ferviente, pidiendo su presencia y guía a lo largo de este proceso sagrado. Tal como dice el apóstol Pablo: "Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias" (Colosenses 4:2). Siguiendo este mandato, elevemos nuestras súplicas al Padre, confiando en que Él, en su infinita misericordia, escuchará y responderá a nuestras peticiones.

Desde los primeros días de la Iglesia, el Espíritu Santo ha guiado a los discípulos de Cristo hacia la verdad plena, como lo prometió nuestro Señor: "Pero cuando venga el Espíritu de verdad, Él os guiará a toda la verdad" (Juan 16:13). Este Concilio es una manifestación de esa promesa divina. Nos reunimos no en nuestras propias fuerzas, sino bajo la dirección del Espíritu Santo, que es el Espíritu de sabiduría y de entendimiento, el Espíritu de consejo y de fortaleza (Isaías 11:2). Que nuestra oración sea para que los padres conciliares y todos los participantes sean llenos de este Espíritu, capaces de discernir los signos de los tiempos y responder con valentía y fidelidad a los desafíos que enfrenta la Iglesia y el mundo.

En este contexto, recordamos también la necesidad de la unidad dentro del Cuerpo de Cristo. El mismo Pablo nos exhorta: "Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer" (1 Corintios 1:10). Que el Concilio sea una oportunidad para fortalecer los lazos de comunión entre todos los miembros de la Iglesia, para que el mundo pueda ver y creer que somos uno, como el Padre y el Hijo son uno (Juan 17:21).

Este es también un tiempo de renovación espiritual, en el que debemos examinar nuestras vidas y abrir nuestros corazones a la gracia transformadora de Dios. Como nos recuerda el apóstol: "Examinadlo todo; retened lo bueno" (1 Tesalonicenses 5:21). Pidamos al Señor que este Concilio sea un tiempo de purificación y renovación, en el que seamos liberados de toda mundanidad y dirigidos de nuevo hacia la santidad a la que hemos sido llamados. Que cada decisión, cada reflexión, cada acto en el Concilio sea una expresión de la voluntad de Dios, quien "quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad" (1 Timoteo 2:4).

Al prepararnos para este gran evento, recordemos la importancia de la oración comunitaria y personal. Nuestro Señor nos enseñó que "si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidan, les será hecho por mi Padre que está en los cielos" (Mateo 18:19). Invito a cada uno de ustedes, en sus hogares, en sus parroquias, en sus comunidades religiosas, a dedicar tiempo a la oración intensa y devota, pidiendo al Señor que bendiga el Concilio con su sabiduría, y que nos conceda la gracia de vivir según las enseñanzas que emerjan de este encuentro sagrado.

Además de nuestra oración, también debemos celebrar con alegría y gratitud este tiempo de gracia. "Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!" (Filipenses 4:4). Que nuestras celebraciones sean reflejo de la alegría del Evangelio, la buena nueva que nos ha sido dada por el mismo Jesucristo. Que, en nuestras liturgias, en nuestras fiestas, en nuestras expresiones de fe, se manifieste el gozo de sabernos amados por Dios y llamados a ser luz del mundo y sal de la tierra (Mateo 5:13-14).

Finalmente, invoquemos la intercesión de la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, quien acompañó a los apóstoles en oración constante en el cenáculo, esperando la venida del Espíritu Santo (Hechos 1:14). Que ella, que es modelo de fe y de obediencia a la voluntad de Dios, nos guíe y proteja durante todo el proceso del Concilio, para que, al final, podamos exclamar con el apóstol Pablo: "He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe" (2 Timoteo 4:7).

Confiados en la infinita misericordia de Dios y en la poderosa intercesión de María, avancemos con fe y esperanza en este tiempo de preparación, orando sin cesar y celebrando con gozo la obra que el Señor ha comenzado en su Iglesia y que Él mismo llevará a término.

Que Dios nos bendiga a todos y nos conceda la gracia de ser testigos fieles de su amor en medio del mundo.

Dado en Roma, en la Ciudad del Vaticano, a día cuarto del mes de septiembre del año del Señor de dos mil veinticuatro.


 Mons. Jesús, Card. Ortiz
Prefecto del Dicasterio para el Clero

          
               ✠ Pbro. Christian Romero                 
Consejero del Dicasterio para el Clero