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Prot. N.° DC-032/2026

La formaciรณn del discรญpulo comienza cuando aprende a escuchar la voz del Seรฑor y culmina cuando toda su vida anuncia a Cristo con fidelidad y amor.

Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cรณmo puede amar a Dios a quien no ha visto? 
(1 Juan 4:20)

La vida cristiana nos invita a vivir con sinceridad, procurando que nuestras palabras sean coherentes con nuestras acciones. Sin embargo, en ocasiones podemos caer en la tentaciรณn de aparentar una espiritualidad que no corresponde con lo que verdaderamente hay en nuestro corazรณn. Podemos hablar de amor, humildad y servicio, mientras nuestras intenciones estรกn dirigidas a conseguir reconocimiento, admiraciรณn o una posiciรณn de mayor responsabilidad dentro de la iglesia.

El apรณstol Juan nos recuerda que el amor a Dios no puede separarse del amor a nuestros hermanos. No basta con expresar nuestra fe mediante palabras, oraciones o actividades religiosas; tambiรฉn debemos demostrarla en la manera en que tratamos a los demรกs. Una fe sincera no busca colocarse por encima de las personas, sino aprender a caminar junto a ellas, con humildad, respeto y disposiciรณn para ayudar.

Muchas veces, la vocaciรณn al servicio puede confundirse con el deseo de ocupar un cargo importante. Podemos comenzar sirviendo con entusiasmo, pero poco a poco permitir que el reconocimiento, los elogios o la posibilidad de alcanzar una posiciรณn mรกs alta se conviertan en nuestra principal motivaciรณn. Entonces dejamos de preguntarnos cรณmo podemos ayudar mejor y comenzamos a preocuparnos por cรณmo podemos ser vistos por los demรกs. Sin darnos cuenta, el servicio deja de ser una entrega generosa y se convierte en una bรบsqueda de reconocimiento personal.

Y precisamente en esos momentos debemos recordar que el valor de nuestro servicio no se mide por el cargo que ocupamos, sino por el amor y la sinceridad con los que realizamos nuestra misiรณn. No necesitamos estar al frente de una congregaciรณn para demostrar nuestra fidelidad a Dios, ni ocupar una posiciรณn de autoridad para ser รบtiles en su obra. Muchas veces, los servicios mรกs importantes se realizan en silencio, lejos de los aplausos y sin que nadie los reconozca.

Jesรบs mismo nos enseรฑรณ que la grandeza no consiste en ser servido, sino en servir. En Marcos 10:43-45, nos recuerda que quien desea ser grande debe hacerse servidor de los demรกs. Esta enseรฑanza transforma nuestra manera de comprender la vocaciรณn cristiana: no se trata de buscar un lugar mรกs alto para sentirnos importantes, sino de estar dispuestos a ocupar el lugar necesario para ayudar a nuestros hermanos.

Tambiรฉn debemos preguntarnos quรฉ sucede cuando no recibimos el cargo que esperรกbamos, cuando otra persona es elegida en nuestro lugar o cuando nuestros esfuerzos pasan desapercibidos. ¿Seguimos sirviendo con la misma disposiciรณn? ¿Nos alegramos cuando otro hermano crece y asume nuevas responsabilidades? ¿O permitimos que la decepciรณn, la envidia y el orgullo debiliten nuestro compromiso? Estas situaciones revelan si nuestro servicio nace verdaderamente del amor a Dios o si depende de la posiciรณn que podamos alcanzar.

La vocaciรณn no consiste solamente en tener capacidades, conocimientos o deseos de dirigir; tambiรฉn implica humildad para aprender, paciencia para perseverar y generosidad para colaborar con los demรกs. Un verdadero servidor no necesita demostrar constantemente que es importante, porque comprende que cada tarea tiene su valor cuando se realiza con amor. No busca disminuir a otros para sobresalir, ni utiliza su servicio como una forma de ganar admiraciรณn, sino que procura contribuir al crecimiento de toda la comunidad.

Por eso, antes de aspirar a una nueva responsabilidad dentro de la iglesia, conviene examinar nuestras intenciones y preguntarnos: ¿Quiero asumir este cargo para servir mejor a Dios y a mis hermanos, o deseo ocuparlo para recibir reconocimiento? No hay nada malo en prepararse para asumir mayores responsabilidades; lo importante es que esa aspiraciรณn estรฉ acompaรฑada de humildad, madurez y un verdadero espรญritu de servicio.

Cuando llegue el momento de servir, hagรกmoslo con alegrรญa, incluso si nadie nos felicita. Cuando nos corresponda colaborar detrรกs de los demรกs, hagรกmoslo con la misma entrega que tendrรญamos si estuviรฉramos al frente. Y cuando otro hermano reciba una responsabilidad mayor, aprendamos a acompaรฑarlo sin rivalidad, recordando que la obra de Dios no es una competencia por obtener cargos, sino una misiรณn compartida en la que todos estamos llamados a aportar nuestros dones.

Que nunca permitamos que el deseo de ser reconocidos sea mรกs grande que nuestro deseo de servir. Que nuestras acciones no sean una representaciรณn para impresionar a las personas, sino una expresiรณn sincera de nuestra fe. Porque Dios no nos llama รบnicamente a ocupar un lugar dentro de su iglesia; nos llama a vivir una vocaciรณn que transforme nuestro corazรณn y nos enseรฑe a amar, ayudar y servir con generosidad.

Que el Seรฑor nos conceda la humildad para servir sin buscar aplausos, la sabidurรญa para asumir responsabilidades sin orgullo y la sinceridad para reconocer nuestras verdaderas intenciones. Que podamos comprender que ningรบn cargo nos hace superiores a nuestros hermanos y que la verdadera grandeza cristiana se encuentra en la disposiciรณn de amar y servir, incluso cuando nadie nos estรก mirando.

Que nuestra vocaciรณn no sea una escalera para alcanzar reconocimiento, sino un camino para acercarnos a Dios mediante el servicio a los demรกs.

Que asรญ sea.

+ Rev. Diac. Mathias D'Alessandro Garcรญa.


                Dicasterio para el Clero, Ciudad del Vaticano 24 de octubre del 2026.
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