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Mensaje Pontificio | Bajo el manto de María, cincuenta años de fe y esperanza


INNOCENTIVS, EPISCOPUS,
SERVUS SERVORUM DEI

A la querida Arquidiócesis de Guadalupe, gracia, paz y bendición en el Señor.

Con profundo gozo en el corazón, me uno espiritualmente a toda la querida Arquidiócesis de Guadalupe con ocasión del inicio de este Jubileo Guadalupano, celebrado en el marco del quincuagésimo aniversario de la inauguración de la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.

Cincuenta años representan mucho más que el paso del tiempo. Son memoria viva de la fe de un pueblo, testimonio de generaciones que han elevado sus oraciones ante el altar del Señor y expresión de un amor que, bajo la maternal mirada de la Santísima Virgen María, continúa dando frutos de esperanza, comunión y caridad.

Al contemplar este aniversario, vienen a mi corazón aquellas palabras del salmista "Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles" (Salmo 127,1). Que esta Palabra nos recuerde que toda obra verdaderamente fecunda nace de Dios y encuentra en Él su fundamento. La historia de esta Basílica, con sus alegrías, sus esfuerzos y las oraciones de tantas generaciones, sea siempre testimonio de una Iglesia que no construye únicamente con piedras, sino con la fe de sus hijos, la entrega de sus pastores y el amor de quienes sirven al Señor.

Los invito a volver la mirada hacia María, nuestra Madre, que siempre nos conduce a su Hijo y nos enseña a guardar la Palabra de Dios en el corazón. Que este Jubileo no sea solamente una conmemoración de lo que hemos vivido, sino también una oportunidad para renovar nuestra fe, reconciliarnos con nuestros hermanos y comprometernos nuevamente con el Evangelio.

Que las puertas de la Basílica, abiertas para recibir a los peregrinos, nos recuerden que la Iglesia está llamada a ser siempre una casa de acogida, un refugio para el que sufre, una luz para quien busca orientación y un hogar para todo aquel que desea encontrarse con el amor de Dios. Que nadie se sienta extraño en la casa del Señor y que cada persona que llegue con sus alegrías, preocupaciones y esperanzas encuentre una comunidad dispuesta a escuchar, acompañar y servir.

A ustedes, queridos pastores, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, seminaristas de esta Arquidiócesis, les animo a vivir este tiempo jubilar con un corazón dispuesto a la gracia. Que el fervor de estos días se traduzca en obras concretas de misericordia, en una vida sacramental más profunda y en un testimonio cristiano capaz de tocar los corazones de quienes más necesitan descubrir la cercanía de Dios.

Que resuenen también en nosotros las palabras del apóstol san Pablo "Alégrense en la esperanza, sean pacientes en la tribulación y perseverantes en la oración" (Romanos 12,12). Esta es mi invitación para toda la comunidad arquidiocesana: que nunca falte la esperanza en sus hogares, que la prueba no debilite su fe y que la oración sea siempre el vínculo que los mantenga unidos a Cristo y entre ustedes. Una Iglesia que ora, que espera y que ama es una Iglesia que permanece viva en el corazón de su Señor.

Encomendamos este camino jubilar a la intercesión de la Santísima Virgen María, Nuestra Señora de Guadalupe. Que Ella, Madre de la Iglesia y consuelo de los afligidos, acompañe cada paso de esta celebración, proteja a sus familias y sostenga a quienes, en medio de las dificultades de la vida, buscan una palabra de aliento y una razón para seguir esperando.

Que estos cincuenta años de historia sean semilla de muchos años más de fidelidad al Señor, de unidad entre los hermanos y de servicio generoso al Pueblo de Dios. Y que, al concluir este Jubileo, podamos decir que no solamente hemos celebrado un aniversario, sino que hemos renovado nuestro amor a Cristo y nuestro compromiso de vivir como auténticos discípulos suyos.

Con estos sentimientos, imparto de corazón mi bendición apostólica a toda la querida Arquidiócesis de Guadalupe, a su pastor, a sus ministros y a cada uno de sus fieles, pidiendo al Señor que los colme de sus gracias y que la Santísima Virgen María los cubra siempre con su maternal protección.

Que Nuestra Señora de Guadalupe nos enseñe a amar, a vivir y a servir, para que toda nuestra vida sea alabanza a Dios y testimonio de su amor en el mundo.
Con afecto paternal y mi bendición en Cristo,


✠ Innocentivs Pp.
Pontifex Maximvs


 




 

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