https://vaticano-santasede.blogspot.com/p/blog-page_29.html

Exhortación Apostólica | Pastores Corde Vigilantes

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA

"PASTORES CORDE VIGILANTES"
-PASTORES CON EL CORAZÓN DESPIERTO-

DEL SANTO PADRE
INOCENCIO

SOBRE LA RENOVACIÓN DEL
COMPROMISO PASTORAL DE LOS
OBISPOS Y EL SERVICIO FIEL AL PUEBLO DE DIOS

━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━


INNOCENTIVS, EPISCOPUS,
SERVUS SERVORUM DEI

A mis hermanos en el Episcopado, a quienes exhorto, con el corazón despierto.

1. La voz de Cristo resuena en el corazón de todo aquel que ha recibido la misión de pastorear a su pueblo Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10,11). Estas palabras no son solamente una imagen hermosa del ministerio pastoral, sino una llamada profunda a configurar la propia vida con la de Aquel que conoce a sus ovejas, camina con ellas y permanece a su lado. Quien ha sido llamado al episcopado ha recibido una misión que nace del mismo Cristo y que encuentra en Él su modelo perfecto. Por eso, queridos hermanos en el episcopado, nunca debemos olvidar que antes de ser pastores somos discípulos, y que antes de guiar al Pueblo de Dios estamos llamados a permanecer cerca de su Pastor. El corazón del obispo debe mantenerse despierto ante las necesidades de aquellos que le han sido confiados, dispuesto a servir, escuchar, acompañar y conducir con caridad hacia Cristo.

2. El episcopado es un don recibido de Dios y, al mismo tiempo, una responsabilidad que compromete toda la vida de quien ha sido llamado a este ministerio. El Concilio Vaticano II enseña que los obispos, como sucesores de los Apóstoles, han recibido la misión de enseñar, santificar y gobernar al Pueblo de Dios (cf. LG 20-21). No se trata, por tanto, de un título que se recibe para ser contemplado desde lejos, sino de un servicio que exige entrega, presencia y fidelidad. Queridos hermanos, cada uno de ustedes ha recibido una porción del rebaño del Señor para cuidarla con amor y conducirla hacia Cristo. Por ello, la dignidad episcopal no encuentra su mayor expresión en los honores que la acompañan, sino en la disponibilidad para servir. Allí donde haya una comunidad que necesite orientación, una celebración que requiera presencia, un hermano que necesite ser escuchado o una obra de la Iglesia que reclame colaboración, allí debe encontrarse el corazón de un pastor dispuesto a responder a la misión que le ha sido confiada.

3. El corazón del pastor debe permanecer despierto, porque el Señor no llama a sus ministros a contemplar desde lejos la vida de su Iglesia, sino a caminar en medio de ella. Un corazón despierto sabe reconocer las alegrías, las necesidades y las esperanzas de su pueblo, permaneciendo atento a aquello que fortalece la comunión eclesial. San Agustín enseñaba que quien preside debe hacerlo movido por la caridad y no por el deseo de poder. Por eso, queridos hermanos, les invito a preguntarse con sinceridad ¿está despierto nuestro corazón ante aquellos que el Señor nos ha confiado? El pastor que permanece atento no es indiferente, sino que sabe hacerse presente cuando su pueblo necesita de él.

4. Jesús nos enseña que el pastor está llamado a conocer a sus ovejas y a dejarse conocer por ellas “Yo conozco a mis ovejas y las mías me conocen” (Jn 10,14). Queridos hermanos, un obispo no puede permanecer ajeno a la vida de su Iglesia particular, está llamado a conocer sus alegrías, sus dificultades y sus necesidades, caminando junto a quienes le han sido confiados. No basta saber que existe un rebaño, es necesario estar con él, escucharlo y acompañarlo, pues allí donde el pastor se hace presente, la comunidad descubre que no camina sola.

5. El pastor está llamado a estar en medio de su pueblo, participando, acompañando, celebrando, escuchando y caminando con la comunidad que le ha sido confiada. El Concilio Vaticano II recuerda a los obispos su solicitud por todos los fieles de la Iglesia particular (cf. Christus Dominus, 11). ¿Cómo podremos conocer verdaderamente las necesidades de nuestro rebaño si permanecemos lejos de él? Jesús mismo nos muestra al pastor que sale en busca de la oveja perdida y no descansa hasta encontrarla (cf. Lc 15,4-6). Queridos hermanos míos en el episcopado, la presencia del pastor también es una forma de caridad, una forma de estar, acompañar y participar, estas son expresiones concretas de una Iglesia que camina junto a sus hijos.

6. El ministerio episcopal no puede sostenerse únicamente sobre la actividad, las responsabilidades o las obligaciones pastorales, pues toda verdadera acción de la Iglesia nace de la unión con Cristo. El mismo Jesús, aun en medio de su intensa misión, buscaba momentos de oración, “De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí se puso a orar” (Mc 1,35; cf. Lc 5,16). San Gregorio Nacianceno recuerda que quien está llamado a conducir a otros hacia Dios debe primero acercarse y purificarse ante Él. Por ello, queridos hermanos, antes de pedir una mayor actividad pastoral, debemos preguntarnos si nuestro corazón permanece verdaderamente unido al Señor. La caridad pastoral constituye el alma del ministerio episcopal, y nos mueve a servir no por el título que hemos recibido, ni solamente por el deber que se nos ha confiado, sino por amor a Cristo y a su Pueblo.

Un obispo que ora aprende a servir, un obispo que ama aprende a estar presente, y un obispo que permanece unido a Cristo puede conducir con mayor fidelidad a aquellos que le han sido confiados.

7. Mis hermanos en el episcopado, no hemos sido llamados a caminar aisladamente, sino a servir juntos en una misma Iglesia. Necesitamos aprender a apoyarnos, comunicarnos y estar presentes unos para otros, especialmente cuando alguno atraviesa dificultades o necesita de la ayuda de sus hermanos. No quiero una Iglesia donde cada obispo camine por su propio camino, sino una Iglesia donde podamos sentirnos verdaderamente hermanos, compartiendo nuestras experiencias, nuestros proyectos y también nuestras preocupaciones. La fraternidad no debe quedarse solamente en palabras, debe hacerse visible en nuestra manera de participar, colaborar y acompañarnos. Caminemos unidos, porque cuando un hermano sirve, toda la Iglesia se fortalece.

8. La comunión entre los obispos debe hacerse visible también en nuestra participación activa en la vida de la Iglesia. Reuniones, celebraciones, encuentros, actividades y proyectos son espacios donde se construye y fortalece la comunidad. Queridos hermanos, no basta con tener un cargo, es necesario ejercerlo activamente, poniendo al servicio de la Iglesia el tiempo y los dones recibidos. La presencia del obispo anima y fortalece a su comunidad, por eso, les exhorto a participar con generosidad y responsabilidad, recordando que servir también significa estar presentes.

9. Cansarnos no es signo de debilidad, también nosotros podemos experimentar el cansancio. Existen momentos de dificultad, responsabilidades que pesan y situaciones que pueden llevarnos al silencio o al desánimo. El Señor no nos pide ignorar nuestro cansancio, sino acudir a Él para encontrar nuevamente nuestras fuerzas, “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28). Este pasaje es uno de mis favoritos, junto con la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, porque nos recuerda que siempre podemos acudir al Señor cuando nuestras fuerzas disminuyen. Por eso, no tengamos miedo de detenernos ante Cristo, orar y renovar nuestro corazón. El pastor también necesita ser cuidado por el Señor para poder seguir cuidando de su pueblo.

10. Mis hermanos, comprendo que no siempre podemos estar presentes en todo, pues existen responsabilidades, dificultades y circunstancias que pueden impedir nuestra participación. Sin embargo, debemos tener cuidado de que una ausencia ocasional no termine convirtiéndose en una costumbre. Cuando la distancia se vuelve permanente, poco a poco se debilita el vínculo entre el pastor y su comunidad. El Señor nos ha confiado un pueblo para cuidarlo, acompañarlo y permanecer atentos a sus necesidades. Por eso, les exhorto con fraternidad, pero también con sinceridad: No permitamos que la ausencia se convierta en una forma habitual de ejercer nuestro ministerio.

11. El obispo no está llamado solamente a enseñar, orientar o gobernar, también está llamado a escuchar. Muchas veces, detrás de una palabra, una petición o incluso un silencio, existe alguien que necesita ser atendido. Cristo mismo sabía detenerse ante quien lo llamaba y escuchar su necesidad. Por eso, les invito a no pasar de largo ante aquellos que buscan nuestra atención, sino a tener un corazón dispuesto a escuchar y acompañar. Como nos enseña el Señor “El que quiera ser grande entre vosotros, será vuestro servidor” (Mc 10,43). La autoridad que hemos recibido no nos coloca por encima de los demás, sino al servicio de ellos. Quien ha sido llamado a conducir debe aprender también a servir, porque en la Iglesia toda autoridad encuentra su verdadero sentido cuando se convierte en entrega.

12. Un llamado personal a mis queridos hermanos obispos. Permítanme hablarles no solamente como un Papa, sino como hermano de ustedes. Les hablo con el deseo sincero de ver nuevamente Despierto el corazón de cada pastor, de ver nuestras comunidades vivas y de sentirnos verdaderamente parte de una misma Iglesia. Si alguno se ha alejado, que vuelva, si alguno ha dejado de participar, que encuentre nuevamente el camino, si alguno se ha cansado, que vuelva su mirada hacia Cristo. Despertemos, hermanos, volvamos a caminar, a participar y a servir.

La Iglesia necesita de cada uno de nosotros y de aquello que podemos aportar cuando ponemos nuestros dones al servicio de los demás. No dejemos que el tiempo, las dificultades o la rutina apaguen la alegría de nuestra vocación. Volvamos a encontrarnos, a trabajar juntos y a caminar como hermanos.

13. Despierten el corazón queridos hermanos, hemos recibido una misión que no podemos vivir con el corazón dormido. El Señor nos sigue llamando a permanecer atentos, a caminar con su pueblo y a servir con renovada entrega. “Estén atentos, porque no saben qué día vendrá su Señor” (Mt 24,42). No dejemos que el cansancio, la rutina o la distancia apaguen en nosotros el deseo de servir. Despertemos el corazón y volvamos a mirar a Cristo, el Pastor que nos llamó y que sigue confiándonos sus ovejas, “Apacienta mis ovejas” (Jn 21,17). Amemos nuevamente su Palabra, anunciemos con alegría el Evangelio y hagamos de nuestra participación en la vida de la Iglesia una expresión verdadera de nuestra vocación. Que nuestra presencia en las celebraciones, encuentros, proyectos y demás espacios de la comunidad nazca siempre del amor a Cristo y a su Iglesia. Cuando aparezca el Pastor supremo, recibiremos la corona de gloria que no se marchita (cf. 1 Pe 5,4).

No dejemos que nuestros corazones se duerman mientras el Señor nos llama a permanecer despiertos, volvamos a participar, a anunciar, a servir y a caminar juntos como pastores con el corazón despierto.


Dado en Roma, junto a San Pedro, el 16 de septiembre, memoria de los santos Cornelio y Cipriano, mártires, del año del Señor 2026, primero de mi Pontificado.



Innocentivs Pp.
Pontifex Maximvs




━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━

[1] AGUSTÍN DE HIPONA, Santo. Sermones. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1983.
[2] BÍBLIA. Bíblia Sagrada: edição pastoral. Tradução da CNBB. 10. ed. São Paulo: Paulus, 2019.
[3] CONCILIO VATICANO II. Constitución dogmática Lumen Gentium. In: Documentos del Concilio Vaticano II. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1993.
[4] CONCILIO VATICANO II. Decreto Christus Dominus sobre el oficio pastoral de los obispos. In: Documentos del Concilio Vaticano II. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1993.
[5] GREGORIO NACIANCENO, San. Discursos teológicos. Madrid: Ciudad Nueva, 1995.


Artículo Anterior Artículo Siguiente

نموذج الاتصال