INNOCENTIVS, EPISCOPUS,
SERVUS SERVORUM DEI
SERVUS SERVORUM DEI
A nuestro venerado hermano en el episcopado, al presbiterio, diáconos, seminaristas, miembros de la vida consagrada y a todos los fieles de la Arquidiócesis de San José, gracia y paz en Nuestro Señor Jesucristo.
Ya de regreso en Roma, sigo llevando muy presente en el corazón todo lo que pude vivir durante estos días entre ustedes, han sido jornadas de mucha alegría, oración, fraternidad y cercanía, y quiero agradecerles de corazón por haberme hecho sentir verdaderamente en casa, guardo con especial cariño los encuentros con el clero, las conversaciones compartidas, la cercanía con los seminaristas y diáconos, y también el testimonio sencillo y generoso de las religiosas, cada uno de esos momentos me permitió conocer más de cerca la vida de esta Iglesia de San José y descubrir en ustedes un deseo sincero de seguir caminando juntos en la fe.
Uno de los momentos que más profundamente llevo conmigo fue la ordenación de los dos nuevos diáconos, verlos ponerse al servicio de la Iglesia fue motivo de mucha esperanza para mí, y le pido al Señor que los sostenga, que haga fecundo su ministerio y que de esta Iglesia sigan naciendo nuevas vocaciones generosas.
También guardo con especial cariño el recuerdo de la consagración del nuevo templo de las Hijas del Glorioso Patriarca San José, esas hermanas tan queridas que, con sencillez y entrega, sirven silenciosamente a la Iglesia, en ellas he podido contemplar una vida ofrecida desde el amor, la oración y la fidelidad cotidiana; una presencia discreta, pero profundamente fecunda, que sostiene y embellece la vida de esta comunidad.
Para mí no son simplemente una comunidad religiosa más, sino hermanas muy cercanas al corazón, hermanas en el servicio y en la fe, cuyo testimonio deja una huella profunda, y le pido al Señor que ese nuevo templo sea siempre casa de oración, refugio de esperanza y lugar donde muchas almas puedan encontrarse con Dios bajo la protección del glorioso Patriarca San José.
Recuerdo igualmente con enorme cariño la coronación de la venerada imagen de San José. Fue un momento muy especial, porque bajo su mirada pude encomendar a toda la Arquidiócesis: a sus sacerdotes, jóvenes, familias, seminaristas, religiosas y a cada persona que forma parte de esta comunidad, que San José los siga custodiando y acompañando siempre.
Me llevo también los pequeños momentos: las conversaciones, las sonrisas, el compartir sencillo, el cariño de quienes se acercaron y el trabajo silencioso de quienes hicieron posible cada encuentro y cada celebración, esos detalles son los que muchas veces quedan más profundamente guardados en el corazón.
Ahora que estoy nuevamente en Roma, quiero que sepan que San José no queda atrás, me llevo conmigo sus rostros, sus oraciones y todo lo vivido durante esta visita, y deseo que estos días no queden solamente como un recuerdo bonito, sino que sean un impulso para seguir creciendo en comunión, servicio, vocaciones y amor a Cristo.
Y, si Dios quiere, nos volveremos a encontrar en esa querida tierra de San José para la gran reunión de la juventud, que desde ahora espero ese momento con mucha alegría y lo encomiendo al Señor, para que sea un verdadero encuentro de fe, fraternidad y esperanza para tantos jóvenes.
Los encomiendo a todos a la maternal protección de la Santísima Virgen María y a la intercesión del glorioso San José, sigan caminando unidos, cuiden unos de otros y no pierdan nunca la alegría de servir al Señor.
Con mucho cariño, les envío mi Bendición Apostólica y mi gratitud por todo lo que compartimos durante estos días.