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En el nombre de la Santísima e Indivisible Trinidad. Amén.
En el año del Señor dos mil veintiséis, mientras la Iglesia continúa su peregrinación en la historia, aguardando la manifestación gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo, Su Santidad el Papa Pío concluyó su vida terrena y fue llamado por el Padre celestial a participar de la herencia prometida a los siervos fieles.
Kevin Miranda Ramírez nació en la ciudad de Palermo, Italia. Desde temprana edad manifestó una profunda sensibilidad espiritual y un sincero deseo de servir a Dios y a su Iglesia. Habiendo discernido la llamada del Señor al ministerio sagrado, ingresó al Pontificio Seminario Mayor Romano, donde recibió una sólida formación humana, espiritual, intelectual y pastoral.
Durante el de preparación al sacerdocio destacó por su prudencia, espíritu de servicio y amor constante a la Iglesia. Quienes compartieron con él aquellos tiempos de formación recordaban especialmente su capacidad de escucha, su cercanía fraterna y su firme determinación de responder generosamente a la voluntad de Dios.
El 11 de mayo de 2024 recibió la ordenación diaconal de manos de Su Santidad Benedicto. Poco tiempo después, el 19 de junio del mismo año, fue elevado al orden del presbiterado por el mismo Romano Pontífice, consagrando toda su existencia al servicio del Evangelio y del Pueblo de Dios.
Reconociendo sus virtudes humanas y espirituales, así como su capacidad para el gobierno pastoral, Su Santidad Benedicto lo llamó al ministerio episcopal. El 11 de julio de 2024 recibió la plenitud del sacramento del Orden y fue nombrado Obispo Auxiliar de Roma.
Desde el inicio de su ministerio episcopal ejerció su servicio con humildad y fortaleza, procurando siempre ser un pastor cercano, prudente en el consejo, firme en la fe y diligente en el cuidado de las almas.
Posteriormente fue llamado a desempeñar importantes responsabilidades para el bien de la Iglesia. Sirvió como Obispo titular de la diócesis de Dolores donde continuó manifestando su celo pastoral y su profunda solicitud por la comunión eclesial. Más tarde fue nombrado Prefecto del Dicasterio para el Clero, dedicando grandes esfuerzos a la formación y acompañamiento de los ministros sagrados.
Su lema episcopal, “HIC SUM AD SERVIENDUM” —“Aquí estoy para servir”—, no fue únicamente una expresión heráldica, sino el programa espiritual que orientó cada etapa de su vida. Quienes lo conocieron dieron testimonio de un hombre de oración constante, de palabra serena y de corazón enteramente entregado a Cristo y a la Iglesia.
Por sus méritos y fidelidad fue incorporado al Colegio Cardenalicio, recibiendo posteriormente el encargo de Cardenal Camarlengo y la responsabilidad de presidir la Conferencia Episcopal, cargos que ejerció con notable prudencia, espíritu de comunión y profundo sentido de servicio.
El día 9 de agosto del año del Señor 2025, reunido el Colegio Cardenalicio en legítimo cónclave y después de la invocación del Espíritu Santo, fue elegido Obispo de Roma y Sucesor del Apóstol Pedro. Al aceptar la elección canónica, tomó el nombre de Pío, inscribiéndose en la larga tradición de los Romanos Pontífices que llevaron ese nombre y asumiendo con humildad el peso del ministerio petrino.
Desde el inicio de su pontificado manifestó el deseo de confirmar a sus hermanos en la fe, fortalecer la unidad de la Iglesia y promover entre todos los fieles una renovada conciencia de la vocación cristiana. Con sencillez de espíritu y firmeza evangélica ejerció el ministerio recibido, consciente de que la autoridad en la Iglesia encuentra su sentido más profundo en el servicio.
Durante su pontificado procuró impulsar la formación integral del clero, fortalecer la comunión entre los pastores y fomentar una auténtica vida de fe en todas las comunidades. Su palabra estuvo marcada por la claridad doctrinal, la prudencia pastoral y una constante invitación a la esperanza cristiana.
Con espíritu de responsabilidad hacia el futuro de la Iglesia, creó dos nuevos cardenales, llamados a colaborar más estrechamente con la Sede Apostólica, y confirió la ordenación episcopal a dos obispos, confiándoles el cuidado pastoral de porciones del Pueblo de Dios.
Entre las obras más significativas de su gobierno destaca la erección de la Prelatura de Nuestra Señora de los Ángeles, concebida para responder con renovado impulso a las necesidades pastorales de los fieles y favorecer una atención más cercana a las comunidades encomendadas a su cuidado.
Movido por el deseo de fortalecer la vida jurídica y pastoral de la Iglesia, instauró el Código de Derecho Canónico, ofreciendo a los fieles y a los pastores una normativa ordenada al bien común, a la justicia eclesial y a la salvación de las almas, que es siempre la ley suprema de la Iglesia.
Promulgó doce bulas, cuatro constituciones apostólicas y una carta encíclica, documentos en los que abordó diversos aspectos de la vida eclesial, alentando la fidelidad al Evangelio, la comunión entre los miembros de la Iglesia y el ejercicio responsable de los distintos ministerios y servicios.
Realizó cinco visitas apostólicas, encontrándose personalmente con pastores y fieles. En cada una de ellas dejó el recuerdo de un pontífice cercano, atento a las necesidades de las comunidades y dispuesto a escuchar con paciencia y caridad a cuantos acudían a él.
Su pontificado resultó fecundo por la intensidad de su entrega. Con su ejemplo enseñó que la grandeza del ministerio no se mide por la duración de los años, sino por la fidelidad con la que se responde a la llamada de Dios.
Habiendo dedicado toda su vida al servicio de Dios y de la Iglesia, el Santo Padre Pío continuó ejerciendo fielmente su ministerio hasta los últimos días de su peregrinación terrena. Su solicitud por el Pueblo de Dios, su constante espíritu de servicio y su serena confianza en la voluntad divina permanecieron inalterables hasta el final.
En el Apartamento Pontificio del Palacio Apostólico Vaticano, el día quince de junio del año del Señor dos mil veintiséis, a las doce horas con cuarenta y cinco minutos de la tarde, fue constatado el fallecimiento de Su Santidad Pío.
La muerte sobrevino a consecuencia de un paro cardiorrespiratorio súbito provocado por una arritmia cardíaca maligna de evolución fulminante, sin respuesta a las maniobras de soporte vital practicadas conforme a la ciencia médica. La constatación clínica fue realizada por el director de los Servicios Médicos Vaticanos, quien certificó la ausencia irreversible de actividad cardíaca, respiratoria y neurológica, declarando oficialmente el fallecimiento del Romano Pontífice.
Así concluyó su camino terreno aquel que había hecho de las palabras «HIC SUM AD SERVIENDUM» la síntesis de toda su existencia. Pastor vigilante, servidor fiel y discípulo perseverante, dedicó sus talentos, sus esfuerzos y sus días a la edificación de la Iglesia y al fortalecimiento de la comunión entre los fieles.
Durante toda su vida procuró buscar la voluntad de Dios con corazón sincero. Ejerció la autoridad con humildad, el gobierno con prudencia y el ministerio con espíritu de caridad. Supo escuchar antes de hablar, aconsejar antes de corregir y servir antes que ser servido. En medio de las responsabilidades que le fueron confiadas, nunca dejó de considerarse un simple trabajador en la viña del Señor.
Quienes lo conocieron recordarán siempre su trato afable, su capacidad para infundir esperanza en momentos difíciles, su celo apostólico y su firme convicción de que la Iglesia encuentra su verdadera fortaleza cuando permanece unida en la fe, sostenida por la caridad y guiada por la esperanza.
Al elevar nuestras plegarias por el eterno descanso de su alma, damos gracias a Dios por el don de su ministerio, por el testimonio de su vida y por los frutos que el Señor quiso conceder a su Iglesia mediante su servicio.
La Santa Iglesia, peregrina todavía en este mundo, encomienda ahora a la misericordia infinita del Padre a quien fue constituido Sucesor del Apóstol Pedro, confiando plenamente en las promesas de Cristo, vencedor del pecado y de la muerte.
Que el Buen Pastor, a quien sirvió con fidelidad durante toda su vida, lo reciba en la Jerusalén celestial. Que la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, interceda por él. Que los Santos Apóstoles Pedro y Pablo lo acompañen al encuentro definitivo con el Señor glorioso.
Y que, habiendo anunciado la esperanza de la resurrección a los fieles, pueda ahora contemplar para siempre el rostro de Dios, a quien amó y sirvió durante los días de su existencia terrena.
Este rogito, redactado para perpetuar la memoria de Su Santidad Pío y dar testimonio de su vida, ministerio y tránsito al Padre, es depositado con veneración junto a sus restos mortales, mientras la Iglesia eleva por él la plegaria confiada que nace de la fe.
Requiescat in pace.
Requiescat in lumine Christi.
Requiescat in gloria Domini. ✠
