SERVUS SERVORUM DEI
Queridos y amados hermanos en el Episcopado, hijos en el sacerdocio:
Con corazón de padre y pastor, me dirijo a ustedes tras la reciente celebración de la Misa Crismal, momento de gracia singular en la vida de la Iglesia, en el cual se manifiesta de manera visible la comunión del presbiterio con su obispo, y se renuevan las promesas sacerdotales ante el Pueblo de Dios.
No ignoro que existen causas justas que pueden impedir la participación en tan solemne celebración. Sin embargo, con preocupación pastoral he constatado la ausencia de algunos presbíteros y obispos sin causa proporcionalmente grave, lo cual debilita el signo de unidad que esta celebración expresa y empobrece el testimonio eclesial ante los fieles.
La Misa Crismal no es un acto más dentro del calendario litúrgico; es un momento privilegiado donde el sacerdote recuerda quién es y para quién vive. Es el día en que, unidos en torno al altar, renovamos el “sí” pronunciado en nuestra ordenación, reafirmando nuestra entrega total a Cristo y a su Iglesia.
Por ello, con caridad firme pero sincera, exhorto a quienes han faltado sin causa grave a considerar con seriedad su compromiso sacerdotal y episcopal, y a tomar las siguientes acciones como signo de reparación y renovación espiritual:
En un momento de encuentro Eucarístico, cada uno renovará personalmente sus promesas sacerdotales, pidiendo al Señor la gracia de la fidelidad y del amor ardiente por el ministerio.
Ofrecerán una Eucaristía con intención de reparación por la ausencia en la Misa Crismal, pidiendo por la unidad del presbiterio y la santificación del clero.
Buscarán un encuentro personal o, si no es posible, manifestarán por escrito su comunión filial con su obispo, renovando su disponibilidad al servicio diocesano.
Asumirán un compromiso pastoral adicional durante un tiempo determinado (Rezarán el Santo Rosario en público; o en su defecto: Laudes, Vísperas o completas), como signo visible de renovación en el servicio.
Queridos hermanos, esta amonestación no nace del juicio, sino del amor a la Iglesia y del profundo deseo de verlos vivir con plenitud la gracia de su vocación. El mundo necesita sacerdotes y pastores que vivan en comunión, que sean testigos de unidad y que ardan en el celo por las almas. Tendrán para cumplir con estas medidas los quince primeros días de Pascua.
Volvamos juntos al Señor, renovemos nuestro primer amor, y no permitamos que la rutina o la indiferencia debiliten el don recibido.
Que la Santísima Virgen María, Madre de los sacerdotes, interceda por nosotros y nos sostenga en la fidelidad.
Dado en Roma, junto a la tumba del Apóstol Pedro, a los treinta (30) días del mes de Marzo del Año Santo dos mil veintiséis (2026), segundo de Nuestro pontificado.
