27 diciembre 2025

Homilía | Clausura de la Puerta Santa de la Archibasílica de San Juan de Letrán

Homilía
Con ocasión de la 
Clausura de la Puerta Santa de la Archibasílica de San Juan de Letrán
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27 de diciembre del 2025

I. Veamos a la esperanza como un signo de unidad.

Apreciados hermanos,

Esta noche, todos nosotros nos vemos agradecidos por este misterio que, a lo largo de este año hemos vivido, celebrado y meditado. Esta Puerta Santa que hoy cerramos lo convertimos en un gesto de entrega, esta puerta que atravezamos al inicio del jubileo ahora la confiamos a nuestro corazón para que todo lo que hemos celebrado en este año de júbilo sea sellado. Sin embargo, la esperanza, el centro de este Jubileo permanece siempre, es un don que está estable y lo vemos como ese vínculo interior que une a la Esposa expectante con la llegada del Esposo.

Nuestra esperanza nace de la hermosa experiencia de que Dios se nos ha dado a conocer como la Vida que se ha manifestado y quiere ser anunciada, ahí se funda la comunión. La Santa Madre Iglesia existe porque ha recibido algo que no le pertenece a Ella, porque ha sido hecha partícipe de una Vida que la sostiene, de ahí brota la alegría que nosotros debemos de compartir aún cuando el tiempo jubilar concluye. La esperanza tiene a su centro inamovible que es Jesucristo vivo. Debemos de contemplar a la esperanza como una presencia que nos convoca y reúne para dar forma a la unidad eclesial. En el lugar donde Cristo es reconocido como Vivo encontramos nuestro fundamento, la comunión. La unidad de la Iglesia no es fruto de ningún acuerdo humano, sino que nace del mismo Señor que se deja encontrar y que introduce a cada uno de los suyos en una nueva relación con Dios.

Vemos que el discípulo corre hacia el sepulcro y, aunque no busca explicaciones, busca a su Señor. Todo el camino que va recorriendo se va quedando marcado por el deseo de encontrarlo, la urgencia del amor y la fe que aún aprende a ver. En el momento que entra, que contempla y que cree, a él se le abre el horizonte de la esperanza y se vuelve una certeza. Es aquí,  donde nosotros debemos aprender que nuestra esperanza no está en signos visibles, está en la verdad del Resucitado que habita en medio de nosotros.

Esta puerta que hoy cerramos nos hace volver a esa experiencia. En el momento de cerrarla la Iglesia reconoce que este acceso a la Gracia permanece vivo en Jesucristo mismo. Cristo es la verdadera Puerta siempre abierta para todos aquellos que creen, Él siempre está presente para los que buscan, siempre está fiel a su promesa de Vida. La esperanza y la unidad encuentran en el Salvador su fundamento y su lugar de estar.

Por eso, mientras recitabamos el salmo confiabamos en que la alegría del justo nunca se apagaría porque siempre estaría sostenido por la esperanza. Es en Jesucristo que la esperanza se convierte en un espacio para habitar y la Iglesia continúa todo su caminar unida siempre al Cordero que vive para la eternidad.

II. Veamos hacia las puertas de nuestro corazón y respondamos para acoger.

Durante el camino que tuvimos en el Adviento, yo les recorabda que el Señor permanece a la puerta y llama. La presencia del Salvador espera una respuesta en libertad, personal y responsable, Él no está tocando a la puerta para forzar la entrada. Así entonces, concluyó el tiempo del Adviento pero no la vigencia del llamado. Ahora el Mesías nos ha nacido, la promesa que se había anunciado en lo antiguo se cumplió y esa decisión permanece en el interior de cada uno de nosotros.

La clausura de esta Puerta nos hace voltear nuestra atención hacia las puertas invisibles de nuestro corazón que determinan la verdad de la vida cristiana. Nuestro corazón es un lugar de encuentro, pero para que suceda, se nos da a elegir si acoger o resistir. Ahí decidimos si Cristo encuentra un hogar o permanece en el umbral. El abrir nuestro corazón es una disposición constante para configurar nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra forma de vivir en la Iglesia, con la del Maestro. Y, entre todas esas puertas interiores hay una que yo les invito a vigilar atentamente: la puerta de la unidad. 

El Señor que ha nacido y que vive entre nosotros reúne a todos los que están dispersos y reconcilia y sana a los que están heridos. Recibirlo implica custodiar la unidad como un don y como una tarea. Un corazón que se abre a Cristo es imposible que se cierre al hermano o levante barreras, inclusive que convierta la herida interior en una frontera. La reconciliación se vuelve un camino posible porque nace de la presencia del Señor que fue recibido en el interior.

Así, al cerrarse la Puerta Santa, la Iglesia es invitada a mantener abiertas las puertas de su corazón. El Mesías desea habitar allí. La decisión que tomamos en el interior sostiene nuestro camino cotidiano y nos permite que el don que hemos recibido en este año jubilar continúe dando su fruto en la comunión y en la fidelidad.

III. Permanezcamos, pues, en la esperanza que no se cierra.

Ahora que la Iglesia concluye este año jubilar no se dispersa porque permanece. La Iglesia permanece en ese Humilde que ha sido anunciado y confesado verdaderamente como Vida. La puerta Santa ahora se cierra y con ella ha quedado sellado el tiempo de gracia que ahora se convertirá en una responsabilidad viva de fidelidad a Dios.

Cuando encontramos a Dios en la permanencia, nuestra esperanza encuentra su autenticidad, porque permanecer en Cristo es permanecer en la espera constante de la unidad, misma que Él ha deseado para su Iglesia. Así, ella no se queda inmovil, sino que se hace una raíz desde la que continúa su camino en el mundo, siendo siempre sostenida por la certeza de que el Señor vive y camina con ella, y sobre todo, que el Esposo ha de llegar.

Bajo la mirada de Dios, la Iglesia va a seguir avanzando con el corazón abierto, con su fe bien cuidada y su esperanza paciente. Esto que hoy concluimos como un signo queda abierto para la vida. En Cristo, la iglesia descansa y avanza, confiada en la promesa que no defrauda y la esperanza que permanece para siempre.

Amén.

  • ✠ Mons. Carlo, Card. Cantoni
    Cardenal de la Santa Iglesia Romana