01 diciembre 2025

Carta: Despertar el corazón para recibir al Dios que viene

 

Carta: Despertar el corazón para recibir al Dios que viene
Con ocasión del comienzo del tiempo de Adviento
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PREÁMBULO

“Al Rey que viene, al Señor que se acerca, venid, adorémosle.” (Liturgia de las Horas, vol. I: Tiempo de Adviento, antifona del invitatorio)

Unida nuestra comunidad, con toda la Iglesia universal, y al mismo tiempo, animado por el deseo de que nuestra comunidad aumente la profundización de su fe y su disponibilidad interior para recibir al Señor que viene, he decidido escribir esta carta a todos mis queridos hermanos que, en sus distintas circunstancias, buscan vivir el tiempo de Adviento con un corazón entregado, puro y vigilante. Aquel que, habiendo venido en la humildad de nuestra carne, nos acompaña en cada instante con su gracia y que vendrá en gloria en el fin de los días, nos invita a que vivamos y caminemos hacia Él con un espíritu sobrio, dócil y con un corazón lleno de esperanza.

La Iglesia sabe que cada Adviento es una renovada oportunidad para que despertemos nuestro corazón, purifiquemos nuestra mirada y reconozcamos la presencia silenciosa pero real que Dios tiene en nuestra vida diaria. Las virtudes que hemos de vivir, como la unidad y la mansedumbre, no son virtudes aisladas, son signos de un corazón que se ha dejado transformar por la cercanía del Emmanuel.

Aquellos hermanos míos que lean esta carta, les deseo que este este santo tiempo sea para ustedes una verdadera ocasión en donde se renueven profundamente, estén tranquilos interiormente y tengan una auténtica conversión, y así, de esta manera, que la luz que despuntará en la noche de Belén encuentre en nosotros un corazón un dispuesto, humilde y vigente.

Despertemos nuestro corazón para recibir al Dios que viene.

Al llegar nuevamente el tiempo de Adviento, nuestra madre, la Iglesia, nos hace una invitación a entrar en el misterio —siempre nuevo y a la vez antiguo— de la venida del Señor. No se trata de un simple recuerdo o un símbolo que la sociedad convierta en gesto piadoso, es una realidad que, en la actualidad, inclusive en el medio digital en el que nos desarrollamos toca nuestro corazón, porque Aquel que vino humildemente y nació en Belén continúa viniendo —de una manera silenciosa pero potente a la vez— al corazón de todos los que lo esperamos. El adviento es ese tiempo en el que Dios toca la puerta de nuestro corazón (cf. Ap 3,20) y la verdadera pregunta no es si Él vendrá —porque de antemano sabemos que Cristo es siempre fiel—, sino, que si nosotros estaremos despiertos para reconocerlo (cf. Mt 24,42).

El que —a opinión personal— constituye el mayor desafío espiritual en nuestra época, una época marcada por la dispersión, la prisa y la saturación de estímulos, es la capacidad de permanecer vigilantes. La vigilancia cristiana no es tiempo de estar tensos, nerviosos o ansiosos, es el verdadero momento para encontrarnos serenos porque sabemos que nuestra vida está orientada hacia un encuentro. El "esperar a Cristo" significa que nos dejemos iluminar por  su presencia, incluso antes de que la estrella aparezca frente a nosotros. La fe no es solo una adhesión intelectual a la verdad, sino que es apertura de nuestro corazón a la presencia amorosa de Dios, Aquel que transforma nuestra vida desde dentro. Por tanto, la vigilancia es el mantener nuestro corazón disponible para esa transformación. 

El tiempo de Adviento, más que ser un tiempo litúrgico es una actitud que debe tener nuestra alma, es también la disposición constante de quien quiere vivir con una sobriedad interior, y no por rechazo a la belleza del mundo, sino porque no desea que nada opaque la luz del Padre que ya está trabajando. La sobriedad a la que se nos llama no simboliza  una austeridad fría o desconfianza del bien, es libertad de espíritu, es la capacidad de que no quedemos atrapados por los accesorios para vivir lo esencial. San Pablo decía que, en el momento en que la noche avanzaba, desecharamos las obras de las tinieblas y nos vistieramos con las armas de la luz (Cf. Rm 13, 12). Esa luz, la que nace en Belén, sólo puede ser bien recibida por aquellos que purificaron ya su alma y su mirar.

Por eso, veo la necesidad de recordarles que el Adviento es un tiempo de conversión silenciosa que no exige gestos magníficos o espectaculares, sino que exige un corazón humilde que reconoce sus resistencias y permite que Dios abra nuevos caminos. En la actualidad, la sociedad se esfuerza en expresarse y justificarse, sin embargo, Dios quiere actuar precisamente en el ámbito más discreto, en ese lugar donde nadie ve...el fondo de nuestra alma. Cuanto más se acerca el Señor, más nos convertimos en nosotros mismos y, su venida no nos humilla, sino que revela la verdad más profunda de nuestra fe.

Nos encontramos ante un tiempo que nos llama a recuperar la mansedumbre. Una mansedumbre no vista como debilidad o resignación sino como la fortaleza de quien se sabe sostenido por Dios y, por eso, no necesita imponer nada a la fuerza. La mansedumbre  es la actitud del que entiende que Cristo viene entregándose. El mundo actual valora la agresividad y la exaltación propia, y la mansedumbre es una revolución espiritual contra esa exaltación. Únicamente un corazón manso puede recibir a Dios y solo un espíritu humilde puede reconocer la grandeza escondida en el pesebre.

No puedo omitir tampoco la dimensión que da forma a la espera cristiana...la unidad. La venida del Señor siempre crea comunión y nunca división. En el lugar donde Cristo encuentra corazones abiertos, abre la puerta a la reconciliación. El tiempo de Adviento nos llama a que examinemos nuestras relaciones, nuestras disposiciones y las actitudes con las que nos relacionamos: ¿en verdad soy constructor de unidad o siembro distancia? San  Ignacio bien lo dijo cuando escribió a los esmirneanos que "donde está Jesucristo, allí está la Iglesia Católica(Ad Smyrn., 8y donde está la Iglesia hay caridad, paciencia, escucha y perdón. Nadie camina al encuentro del Señor en soledad, todos avanzamos como un pueblo que espera unido a su Rey.

Un corazón abierto.

El adviento nos confronta con la pregunta más esencial en el ámbito espiritual: ¿mi corazón está verdaderamente abierto a Dios? No es una simple disposición afectiva, es la capacidad real de dejar que el Señor configure nuestra existencia. La apertura del corazón, en un lenguaje bíblico, significa permitir que Dios purifique, renueve y también ordene nuestros deseos. La premisa profética del libro de Ezequiel: “os daré un corazón nuevo y pondré en vosotros un espíritu nuevo” (Ez 36,26) vuelve a sonar con fuerza en el Adviento, ya que el nacimiento del Hijo es la inauguración de esta renovación profunda. En ese lugar donde Dios entra, la vida se moldea de otra forma y nuestra espera se convierte en un encuentro alegre que también deja de lado la vigilancia por habernos encontrado ya con Él.

Este tiempo no únicamente nos orienta hacia el nacimiento histórico de nuestro Salvador, también nos hace ver hacia su gloriosa venida al final de los tiempos. En esta visión escatológica, nuestra vida se sitúa en un dinamismo que supera lo inmediato porque recuerda que todo avanza hacia el encuentro definitivo con Cristo. 

El hecho de que "el Señor está cerca" (Flp 4,5)  no es una afirmación poética, es teológica. Cuando la Iglesia proclama que Cristo vendrá de nuevo con gloria, nos invita a vivir de tal modo que, todos los actos que realizamos, las palabras que decimos y el silencio orante que mantenemos, pueda sostener esa esperanza.

El tiempo no es una sucesión indiferente de días, es el escenario donde Dios nos revela su fidelidad. La historia es un tejido que Dios conduce pacientemente hacia la plenitud. Por eso, el Adviento nos entrena en la vigilancia atenta, no una vigilancia temerosa como alguien que vigila bajo amenazas, sino, la vigilancia amorosa de aquella que reconoce los pasos del Amado que se acerca.

El corazón de alguien que espera a Cristo aprende a leer su realidad con una mirada contemplativa. La revelación no se limita a la Palabra ya escrita, se extiende al modo en que Dios actúa discretamente en los acontecimientos de nuestra vida, nuestra interacción viva con la Palabra abre constantemente nuestros sentidos. De ese modo, el Adviento nos enseña a descubrir cómo Dios se comunica no solo en lo extraordinario, sino también en lo cotidiano, ya sea un gesto de reconciliación, un llamado interior o un renovado deseo de buscarlo.

La clave esencial de la lectura espiritual es la memoria. El Adviento es un tiempo para que recordemos las obras de nuestro Señor, no observandolas atrás con nostalgia, sino reconociendo que su fidelidad en el pasado garantiza su presencia en el presente y su promesa para el futuro. Israel aprendió a caminar sosteniéndose en la memoria de la liberación. La Iglesia hace lo mismo en cada Adviento, actualiza la memoria de Aquel que cumple sus promesas. Cuando nuestro corazón recuerda, se vuelve capaz de esperar sin desesperación y de confiar sin condición alguna.

Dios no se impone ya que Él conduce suavemente nuestra alma por medio de los signos, los silencios, las inspiraciones y los encuentros. Ese proceso mueve nuestra alma suavemente a amar. El adviento es precisamente esa pedagogía. Dios nos forma desde adentro, ajusta nuestras intenciones volviendolas rectas, purifica nuestra fe y nos hace comprender que la salvación, lejos de ser un concepto, es un acontecimiento que transforma progresivamente nuestra persona y por tanto nuestro entorno.

El Adviento nos revela la sacramentalidad del tiempo que vivimos. Nosotros no esperamos a Cristo, así como alguien que espera el final de un itinerario, sino como quien vive todos los días como un espacio lleno de gracia. Todo espacio lo podemos convertir en un lugar de encuentro para que Dios se manifieste. Para nosotros, esa oportunidad es magnífica porque a través de cada momento, podemos hacer que llegue el Señor. Así, nuestra espera se vuelve creativa y deja de ser pasiva, y nuestra alma se ejercita en hacer de cada día una ofrenda agradable a Dios, sabiendo que el Emmanuel llega siempre en la humildad del hoy.

Por último, las anteriores letras espero que los preparen para comprender el misterio central. Dios, que viene, no se presenta estrepitosamente, sino, humildemente. El abajamiento del hijo es nuestra elevación. Ahí se revela la paradoja del adviento: cuanto más pequeño se hace Dios, más grande se vuelve el hombre. La humildad de Belén es la misma lógica del amor, y, quien se prepara para recibir a Cristo debe aprender esa misma lógica...volverse humilde para reconocer al Humilde.

El adviento nos sitúa ante un misterio que no puede expresarse del todo con palabras: la silenciosa firmeza que tiene Dios al venir sin ruido. No se trata de que añadamos exhortaciones y multipliquemos razones, sino que dejemos que en nuestro corazón quede grabada la certeza de que el Señor se acerca con un paso humilde y decidido. En el momento en que la Iglesia contempla al Mesías, oculto en el seno virginal de María, comprende que la salvación irrumpe de un modo inesperado y lo hace sin espectáculo ni violencia. De ese modo llega también hoy a nosotros, como una luz que no nos invade pero que tampoco se apaga.

Todo adviento termina, sin embargo, la espera cristiana nunca concluye. A pesar de que la liturgia cambie de color, la vigilancia permanece en el alma como una respiración tranquila.

La plegaria final del último libro de las Sagradas Escrituras: Ven, Señor Jesús (Ap 22,20) no es un clamor lleno de desesperación, es un acto de confianza que resume toda nuestra fe. El Señor que ya ha venido en la carne y que algún día vendrá en la gloria viene también ahora, y esa venida intermedia, discreta y cotidiana, es la que sostiene nuestra existencia. Nuestra vida no se desarrolla en el vacío, sino en la cercanía constante del Emmanuel.

Muy probablemente, lo más profundo del Adviento es comprender que la iniciativa siempre es de Dios. Él es el que busca, el que llama, el que despierta y el que nos sostiene. Nuestra respuesta, por necesaria que sea, no abre el camino, lo reconoce. El mundo actual parece depender del esfuerzo humano. El Adviento restituye la verdad de la gracia, la cuál es que no somos nosotros los artífices de nuestra salvación. Nosotros, somos, más bien, los que aprenden a dejarse encontrar, y ese dejarse encontrar, constituye la forma más elevada en cuanto a sabiduría.

No pretendo cerrar esta carta con instrucciones o deseos formales, sino con una invitación a todos ustedes: dejemos espacio. Dejemos espacio al silencio para lograr escuchar; a la Palabra, para que nos hable; a nuestros hermanos, para que encuentren un lugar en nuestra vida; al Señor, para que pueda nacer ahí donde tantas veces guardamos ruido, prisa o miedo. El Adviento no exige grandes proezas, exige disponibilidad...y la disponibilidad, es un acto de amor.

Concluyo mi carta como alguien que deposita una lámpara pequeña en el umbral...no ilumina todo pero basta para indicarles el paso. Queridos hermanos, que cada uno de ustedes, en el secreto de la oración, continúe lo que yo les he hablado. El Adviento no acaba en lo que escribimos o en lo que pensamos, acaba en lo que Dios realiza cuando lo dejamos entrar. 

Él viene...basta con abrir.

En el Señor,

  • ✠ Mons. Carlo, Card. Cantoni
    Cardenal de la Santa Iglesia Romana