HOMILIA DEL SANTO PADRE INOCENCIO
EN LA OCASIÓN DE LA MISA DE TOMA DE POSESIÓN DE LA ARCHIBASÍLICA DE SAN JUAN DE LETRÁN.
EN LA OCASIÓN DE LA MISA DE TOMA DE POSESIÓN DE LA ARCHIBASÍLICA DE SAN JUAN DE LETRÁN.
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"Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
Apacienta mis ovejas." (Jn 21,15-17)
Amadísimos hermanos y hermanas en Cristo presentes y quienes nos siguen a través de los medios de comunicación paz y bendiciones.
Las palabras que acabamos de escuchar en el Evangelio son de una profundidad inmensa. Jesús no pregunta a Pedro por sus capacidades, no le pregunta por sus conocimientos, no le pregunta por sus éxitos ni por sus proyectos. Le pregunta solamente una cosa ¿Me amas?
Y es significativo que el Señor haga esta pregunta antes de confiarle el cuidado de su rebaño. Porque en la Iglesia, antes del ministerio está el amor; antes de la misión está la amistad con Cristo; antes de la autoridad está la entrega del corazón. Pedro no recibe la misión de apacentar las ovejas porque sea perfecto. La recibe precisamente después de haber experimentado su propia fragilidad. La recibe después de haber llorado sus negaciones. La recibe después de haber comprendido que no puede apoyarse únicamente en sus propias fuerzas, sino únicamente en la misericordia de Dios.
Por eso el ministerio petrino no nace de la grandeza humana, sino de la gracia divina y hoy, al tomar posesión de esta Archibasílica de San Juan de Letrán, Catedral del Obispo de Roma y Madre de todas las iglesias de la Urbe y del Orbe, estas palabras del Evangelio resuenan con una fuerza particular. Porque esta cátedra no es un signo de poder, sino un signo de servicio. No es el trono de un gobernante, sino el lugar desde donde un pastor está llamado a confirmar a sus hermanos en la fe y a conducirlos hacia Cristo.
San Gregorio Magno, uno de los grandes Obispos de Roma, afirmaba que quien recibe una autoridad en la Iglesia debe recordar siempre que ha sido constituido para servir y no para dominar. Esa enseñanza conserva hoy toda su actualidad. La Iglesia crece cuando sus pastores sirven; la Iglesia florece cuando quienes han recibido una responsabilidad la viven como una entrega y no como un privilegio.
La primera lectura nos presenta la vocación del profeta Jeremías. Escuchamos unas palabras que conmueven profundamente el corazón: Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía; antes de que salieras del seno, yo te había consagrado, toda vocación comienza en la mirada de Dios, no somos nosotros quienes tomamos primero la iniciativa. Es Dios quien llama. Es Dios quien conoce. Es Dios quien elige. Es Dios quien envía.
Jeremías se siente pequeño. Tiene miedo. Se considera incapaz para la misión. Sin embargo, el Señor le responde: No temas, porque yo estoy contigo, cuántas veces la historia de la Iglesia ha comenzado precisamente así. Hombres conscientes de sus limitaciones, pero confiados en la fuerza de Dios. No personas extraordinarias por sí mismas, sino personas que permitieron que Dios actuara en ellas, la Iglesia nunca ha sido sostenida únicamente por talentos humanos. Ha sido sostenida por hombres y mujeres que dijeron sí al Señor incluso cuando no comprendían completamente el camino que tenían delante.
También la segunda lectura nos ofrece una enseñanza fundamental para nuestra vida eclesial, San Pablo nos exhorta a vivir con humildad, mansedumbre y paciencia, conservando la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz, no es casualidad que el Apóstol mencione estas virtudes cuando habla de la Iglesia, la unidad no nace de pensar todos exactamente igual, la unidad nace de reconocer que todos pertenecemos al mismo Señor, hay un solo Cuerpo, hay un solo Espíritu, hay una sola fe, hay un solo bautismo, hay un solo Dios y Padre de todos, y precisamente porque hay un solo Señor, cada uno recibe dones distintos para el bien común, la Iglesia no es uniformidad, es comunión, la Iglesia no es una suma de intereses particulares, es un pueblo reunido por Dios, la Iglesia no se construye cuando cada uno busca su propio lugar, se construye cuando cada uno pone sus dones al servicio de los demás.
San Agustín, cuya voz sigue resonando desde esta ciudad de Roma, decía que en las cosas esenciales debemos conservar la unidad; en las secundarias, la libertad; y en todas, la caridad, qué actual sigue siendo esta enseñanza, porque muchas veces el desafío más grande no consiste en organizar estructuras o realizar proyectos, el desafío más grande consiste en permanecer unidos en Cristo, sin esa unidad, las obras se debilitan, sin esa unidad, el testimonio pierde fuerza, sin esa unidad, la evangelización pierde credibilidad, pero cuando caminamos unidos, incluso nuestras fragilidades se convierten en una oportunidad para que la gracia de Dios actúe.
Volvamos nuevamente al Evangelio. Tres veces Jesús pregunta a Pedro si lo ama. Y tres veces Pedro responde desde la sinceridad de su corazón. La tradición de la Iglesia ha visto en este diálogo una restauración de Pedro después de sus tres negaciones. Pero también podemos contemplarlo como una enseñanza permanente para todo discípulo. Cada día el Señor nos pregunta ¿Me amas?, y la respuesta no se demuestra únicamente con palabras. Se demuestra sirviendo, se demuestra acompañando. Se demuestra escuchando, se demuestra evangelizando, se demuestra permaneciendo fieles incluso cuando el camino se vuelve difícil, porque amar a Cristo implica amar aquello que Cristo ama, y Cristo ama a su Iglesia, ama a los jóvenes que buscan sentido para sus vidas, ama a quienes se sienten solos, ama a quienes están heridos, ama a quienes dudan, ama a quienes han caído y necesitan levantarse, ama a quienes todavía no lo conocen, por eso la misión de la Iglesia no puede encerrarse en sí misma.
El Papa San Juan Pablo II recordaba constantemente que la Iglesia debe abrir sus puertas a Cristo y salir al encuentro del mundo. No para adaptarse al mundo, sino para llevarle la esperanza del Evangelio. También nosotros estamos llamados a esa misión. No podemos conformarnos con conservar lo que ya tenemos. Debemos anunciar. Debemos acompañar. Debemos formar. Debemos escuchar. Debemos salir al encuentro de quienes esperan una palabra de fe, una mano tendida o un signo de esperanza.
Y esta misión comienza precisamente aquí, en esta Catedral del Obispo de Roma. La Cátedra Lateranense no representa solamente una sede episcopal. Representa una misión. Representa la responsabilidad de custodiar la fe apostólica. Representa el deber de confirmar a los hermanos. Representa el compromiso de mantener viva la comunión de la Iglesia. Representa el servicio de la caridad, por eso hoy no contemplamos únicamente una ceremonia. Contemplamos una misión que continúa. Una misión que no pertenece a una persona concreta. Una misión que pertenece a Cristo. Porque la Iglesia sigue siendo suya. La grey sigue siendo suya, las ovejas siguen siendo suyas, y el pastor está llamado solamente a conducirlas hacia Él.
Queridos hermanos y hermanas de la comunidad hoy deseo pedirles algo muy sencillo, pero profundamente importante: recen. Recen por la Iglesia. Recen por sus pastores. Recen unos por otros. Recen por quienes sufren. Recen por quienes buscan a Dios. Recen por quienes han perdido la esperanza. Porque muchas veces la obra más grande que podemos realizar no es visible a los ojos del mundo. Es la obra silenciosa de la oración, que sostiene a la Iglesia desde dentro y la mantiene unida al corazón de Cristo.
Que esta Archibasílica de San Juan de Letrán, Madre y Cabeza de todas las iglesias, sea siempre un signo visible de comunión, de fe y de esperanza. Que desde esta cátedra, llamada a presidir en la caridad, se fortalezca siempre la unidad, se promueva la evangelización y se anime a cada hombre y mujer a encontrarse con Cristo.
Y que nosotros, al escuchar hoy la pregunta del Señor ¿Me amas?, podamos responder no solamente con nuestros labios, sino con toda nuestra vida. Que cada palabra nuestra, cada servicio, cada sacrificio y cada acto de caridad se conviertan en una respuesta concreta a esa pregunta. Y que un día, al final de nuestro camino, podamos escuchar también nosotros la voz del Buen Pastor que nos llama por nuestro nombre y nos conduce a la plenitud de su Reino.
Amén.
Archibasílica de San Juan de Letrán, 18 de julio de 2026