29 enero 2026

Mensaje - Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos

 


«Que todos sean uno»

(Jn 17,21) 


Queridos hermanos todos:

Atravesamos momentos desafiantes por maquinaciones del mal que han perturbado nuestra paz. Algunas personas han intentado quebrar la comunión, sembrando la cizaña de la traición, el enfrentamiento y la mentira. Estas situaciones nos interpelan a todos, pues no pueden ser ignoradas: dañan la sensibilidad común y destruyen el deseo del Señor.

 

La unidad es el querer que brota del corazón mismo de Cristo. Él mismo oró por ella en la víspera de su Pasión, consciente de que la comunión entre sus discípulos sería el signo más creíble de su presencia viva en el mundo.

 

Cuando la Iglesia vive unida, en su diversidad armónica, se convierte en testimonio real del amor de Dios; cuando se divide, su voz se apaga y su misión se sumerge en las tinieblas. Entonces, si Cristo quiso tanto la unidad, ¿quiénes somos nosotros para destruirla en nombre de una supuesta "paz" y una supuesta "justicia"? No nos dejemos engañar: nadie que contradiga al Señor puede tener verdadera justicia ni verdadera paz.

 

Sabemos que, a lo largo de la historia de la Iglesia y también de nuestra comunidad, no han faltado quienes, de manera deliberada, fomentan el daño, la sospecha y la ruptura entre los hermanos. A la luz de la Sagrada Escritura podemos reconocer con claridad quiénes son estas personas, porque sus actitudes no proceden del Espíritu de Cristo. San Pablo exhorta con firmeza a «cuidarse de los que causan divisiones y escándalos» (Cf. Rom 1 6,17-1 8), porque no sirven al Señor, sino a sus propios intereses. Y el apóstol a los Efesios nos abre los ojos a una realidad aún más profunda: nuestra lucha no es contra personas, sino contra fuerzas espirituales del mal que buscan destruir la comunión (Cf. Ef 6,12). Del mismo modo, la carta a Tito nos recuerda que quien persiste en sembrar discordia, después de ser amonestado, se aparta a sí mismo de la verdad (Cf. Tit 3,1 0).

 

Por eso, no se trata de responder a la división con más división, ni al ataque con resentimiento. El cristiano está llamado a discernir, a mantenerse firme en la verdad y a revestirse de las armas de Dios: la fe, la verdad, la Palabra y la oración constante.

 

Defender la unidad no significa tolerar el error o el pecado, sino corregir, hablar con verdad y actuar siempre desde el amor que edifica.

 

La unidad de la Iglesia es frágil cuando se apoya solo en esfuerzos humanos, pero es invencible cuando se sostiene en Cristo. Permanecer en Él nos permite resistir las estrategias del mal y convertirnos en auténticos constructores de comunión. Solo así, siendo verdaderamente uno, el mundo podrá creer que Jesús ha sido enviado por el Padre y que su amor sigue vivo en medio de su Iglesia y, ciertamente, en nuestra amada comunidad.

 

Así es, queridos hermanos: cada día tendremos que decidir entre servir al Señor Jesús o negarlo. Hoy tenemos la oportunidad de elegir entre estos dos caminos, y lamentablemente hay quienes ya han elegido el segundo. De nuestra parte, no queremos dar indicaciones ni decirles qué hacer; simplemente, una vez más, los invito a que lo elijan a Él, que es el Camino, la Verdad y la Vida (Cf. Jn 14,6), antes que a sus opositores.

 

Finalmente, solo les pido que recemos por aquellos que, con sus acciones, se han puesto al servicio del maligno, para que sean capaces de reconocer su error y arrepentirse. Perdonémoslos, como nos lo manda el Señor.

 

Dado en Roma, en el Palacio de Letrán, a los veintinueve días del mes de enero del Año del Señor dos mil veintiséis.

 

En Cristo y María Santísima,

 Card. Paulus

Prefecto del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos