«Que
todos sean uno»
(Jn 17,21)
Queridos
hermanos todos:
Atravesamos
momentos desafiantes por maquinaciones del mal que han perturbado nuestra paz.
Algunas personas han intentado quebrar la comunión, sembrando la cizaña de la
traición, el enfrentamiento y la mentira. Estas situaciones nos interpelan a
todos, pues no pueden ser ignoradas: dañan la sensibilidad común y destruyen el
deseo del Señor.
La
unidad es el querer que brota del corazón mismo de Cristo. Él mismo oró por
ella en la víspera de su Pasión, consciente de que la comunión entre sus
discípulos sería el signo más creíble de su presencia viva en el mundo.
Cuando
la Iglesia vive unida, en su diversidad armónica, se convierte en testimonio
real del amor de Dios; cuando se divide, su voz se apaga y su misión se sumerge
en las tinieblas. Entonces, si Cristo quiso tanto la unidad, ¿quiénes somos
nosotros para destruirla en nombre de una supuesta "paz" y una
supuesta "justicia"? No nos dejemos engañar: nadie que contradiga al
Señor puede tener verdadera justicia ni verdadera paz.
Sabemos
que, a lo largo de la historia de la Iglesia y también de nuestra comunidad, no
han faltado quienes, de manera deliberada, fomentan el daño, la sospecha y la
ruptura entre los hermanos. A la luz de la Sagrada Escritura podemos reconocer
con claridad quiénes son estas personas, porque sus actitudes no proceden del
Espíritu de Cristo. San Pablo exhorta con firmeza a «cuidarse de los que causan
divisiones y escándalos» (Cf. Rom 1 6,17-1 8), porque no sirven al
Señor, sino a sus propios intereses. Y el apóstol a los Efesios nos abre los
ojos a una realidad aún más profunda: nuestra lucha no es contra personas, sino
contra fuerzas espirituales del mal que buscan destruir la comunión (Cf.
Ef 6,12). Del mismo modo, la carta a Tito nos recuerda que quien persiste
en sembrar discordia, después de ser amonestado, se aparta a sí mismo de la verdad (Cf.
Tit 3,1 0).
Por
eso, no se trata de responder a la división con más división, ni al ataque con
resentimiento. El cristiano está llamado a discernir, a mantenerse firme en la
verdad y a revestirse de las armas de Dios: la fe, la verdad, la Palabra y la
oración constante.
Defender
la unidad no significa tolerar el error o el pecado, sino corregir, hablar con
verdad y actuar siempre desde el amor que edifica.
La
unidad de la Iglesia es frágil cuando se apoya solo en esfuerzos humanos, pero
es invencible cuando se sostiene en Cristo. Permanecer en Él nos permite
resistir las estrategias del mal y convertirnos en auténticos constructores de
comunión. Solo así, siendo verdaderamente uno, el mundo podrá creer que Jesús
ha sido enviado por el Padre y que su amor sigue vivo en medio de su Iglesia y,
ciertamente, en nuestra amada comunidad.
Así
es, queridos hermanos: cada día tendremos que decidir entre servir al Señor
Jesús o negarlo. Hoy tenemos la oportunidad de elegir entre estos dos caminos,
y lamentablemente hay quienes ya han elegido el segundo. De nuestra parte, no
queremos dar indicaciones ni decirles qué hacer; simplemente, una vez más, los
invito a que lo elijan a Él, que es el Camino, la Verdad y la Vida (Cf. Jn 14,6), antes que a sus opositores.
Finalmente,
solo les pido que recemos por aquellos que, con sus acciones, se han puesto al
servicio del maligno, para que sean capaces de reconocer su error y
arrepentirse. Perdonémoslos, como nos lo manda el Señor.
Dado
en Roma, en el Palacio de Letrán, a los veintinueve días del mes de enero del
Año del Señor dos mil veintiséis.
En
Cristo y María Santísima,
✠ Card. Paulus
Prefecto del
Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos
