Carta: Puentes de Esperanza en la OscuridadCon ocasión del Día Mundial para la Prevención del Suicidio_______________________________________
La Iglesia recibe y hace transmitir a lo largo de la historia un mensaje claro: la vida humana es en todo sagrada, es un don de Dios y está llamada siempre a la plenitud. Este día, 10 de septiembre, día mundial para la prevención del suicidio, nuestra comunidad se una junto a la voz de la Iglesia universal y a la de tantas otras instituciones que, de buena voluntad, proclaman un sí a la vida, un firme sí a la esperanza, un caluroso sí al amor que sana y que sostiene incluso en momentos de oscuridad.
A pesar de vivir y organizarnos en un entorno digital, cada uno de nuestros compromisos se vuelven profundamente reales. Todo lo que se construye dentro de la comunidad, desde nuestras amistades aquí nacidas, nuestros gestos fraternos, hasta el servicio que ofrecemos, impactan verdaderamente en la vida de cada miembro de nuestra comunidad, y, en medio de un mundo que muchas veces nos empuja al aislamiento, soledad y desesperanza, debemos de buscar ser siempre un signo de acogida y unidad, y convertirnos en una familia que escucha, que acompaña y que camina sin dejar a nadie detrás.
El clamor de la vida y la necesidad de la esperanza.
El suicidio es una herida que ha atravesado a la humanidad desde hace siglos y, cada pérdida causada por la desesperanza, nos debe de recordar que no podemos ni debemos permanecer indiferentes. La vida de cada ser humano es un tesoro único e irrepetible, siempre amado desde los inicios de la historia y hasta el fin por Dios, nuestro padre. Al encontrarnos con un hermano o hermana que ha de sentirse tan abrumado por el dolor de creer que no hay salida, la Santa Madre Iglesia -inclusive en sus expresiones digitales como es nuestra comunidad- debe permanecer allí como una madre que abraza, un amigo que sostiene y una comunidad que siempre acompaña.
Nuestra comunidad no es una institución de salud mental y tampoco pretende sustituir la ayuda profesional necesaria que es necesaria en situaciones de riesgo. Sin embargo, si tenemos un papel insustituible, y ese papel es ser puentes de esperanza. El ser puentes de esperanza no se trata de dar respuestas inmediatas ni soluciones simples, al contrario, un puente de esperanza debe acompañar, valorar y sostener. Así lo afirmó el Santo Padre Francisco -de feliz memoria- en su encíclica "Fratelli Tutti al decirnos «no hay que perder la capacidad de escucha» (FT 48), así, nos damos cuenta que el primer paso para acercarse al otro es escuchar y que el silencio lleno de amor que sabe acoger es, en la mayoría de ocasiones, un bálsamo extremamente sanador.
En este entorno digital en el que se desarrolla nuestra comunidad es muy fácil ocultar nuestros sentimientos y sufrimiento detrás de un avatar o de un breve mensaje. Pero, bajo cada palabra que escribimos y las instrucciones que compartimos, existe un corazón humano que late y que puede estar herido. El entorno digital no elimina las lágrimas ni las luchas internas, más bien puede ser un espacio en donde esas heridas se expresen con una mayor libertad, a veces, sin que nos demos cuenta. De lo anterior nace nuestra grata misión: el no minimizar el dolor, al contrario, transformarlo en una oportunidad de comunión y de esperanza.
El Evangelio nos ha invitado en diversas ocasiones a que reconozcamos el valor que tiene cada persona, especialmente en aquellos más frágiles, recuerden que el mismo Señor Jesucristo se detuvo a mirar a quienes todos ignoraban y, en cada uno, Él reconoció la dignidad que ostentaban y despertó en ellos una nueva vida. De esa misma manera, nosotros, incluso en nuestro entorno digital, estamos siempre llamados a ser esa mirada que se detiene, que se interesa, que hace sentir a nuestro hermano o hermana que su vida vale y vale mucho, que no está solo y que no será abandonado nunca.
La prevención del suicido no es una tarea que corresponda únicamente a los expertos, es también una vocación comunitaria y significa aprender a escuchar de verdad, percibir los signos de cansancio -desde la tristeza hasta la desesperanza- en todos aquellos que nos rodean, estemos dispuestos a ofrecer nuestro tiempo con palabras de ánimo y un silencio acogedor y significa, sobre todas las cosas, que construyamos un ambiente en donde nuestros hermanos, miembros internos y externos de nuestra comunidad, puedan experimentar la pertenencia a un lugar, puedan experimentar que su presencia es siempre valiosa y que su voz importa.
Nuestro ministerio del cuidado y misión de acompañar.
La Iglesia, en cualquiera que sea sus expresiones -así en el mundo físico como en el espacio digital como lo es nuestra comunidad- tiene la gran y fundamental misión de anunciar a Cristo, quien es fuente de vida y de esperanza. Cristo mismo nos lo enseñó: el pastor debe conocer a sus ovejas y llamarlas por su nombre (cf. Jn 10,3-4). Ese gesto tan admirable de cercanía no se limita a los templos materiales, alcanza también a quienes, desde una pantalla -como todos nosotros- buscan un consuelo, compañía y una orientación. En el tiempo actual que vivimos, el ministerio del cuidado se amplía a estas nuevas fronteras, en donde la voz de Cristo debe seguir siempre resonando.
Tanto mis hermanos obispos como mis hermanos sacerdotes y seminaristas, en este espacio digital en el que vivimos y que recrea el misterio de la comunión, tienen un papel sumamente esencial como signos visibles de la presencia de Cristo, Buen Pastor. La vocación que ustedes tienen no será nunca la de dominar o la de imponer, es la de servir y acompañar, siguiendo siempre las huellas de aquel que vino "no para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos" (Mc 10,45). El testimonio que ustedes deben de emanar es particularmente necesario en tiempos donde el cansancio y la soledad hieren muchas vidas, así pues, deben mostrar que la verdadera autoridad se ejerce arrodillándose ante sus hermanos, lavando sus pies y cuidando de su fragilidad (cf. Jn 13, 14-15)
Sin embargo, es imposible olvidar que el cuidado pastoral no debe ser reducido al clero. También cada miembro de nuestra comunidad es llamado a ser un instrumento de esperanza. Así, la corresponsabilidad en su misión significa que nadie puede quedarse indiferente, todos, desde el miembro más antiguo hasta el más reciente, desde aquellos que dirigen hasta los que participan en silencio, todos somos invitados a ser signos de aliento y puentes de comunión. La caridad fraterna es el verdadero distintivo de la Iglesia, y, en el mundo, actualmente marcado por la desconexión, esa caridad debe hacerse visible en sus gestos simples, concretos y cotidianos.
La unidad entre los pastores no solo es una exigencia teológica, también es una necesidad vital. En donde exista división, nuestro hermano que sufre, queda más expuesto y desprotegido, es así que, donde exista la comunión, surge una red de apoyo que es inclusive capaz de sostener a aquellos que se sientan más débiles y esta comunión no la lograremos con discursos vacíos, sino con verdaderas actitudes de humildad, paciencia y perdón. Así nos lo recordó San Pablo al decirle a los Gálatas “Lleven los unos las cargas de los otros y así cumplirán la ley de Cristo” (Gal 6,2).
Debemos cultivar una cultura de escucha y acompañamiento. El escuchar no significa que esperemos nuestro turno para hablar y menos que pase desapercibido lo que nos dice nuestro interlocutor, se trata de abrir nuestro corazón al misterio de nuestro hermano, abrirlo a su dolor, a su búsqueda o a su silencio. El acompañar no significa que vayamos a resolver todos nuestros problemas, pero si que caminemos junto a nuestro hermano, sin prisas, respetando su ritmo, su tiempo y su proceso. Es en ese camino en donde nadie debe sentirse forzado o juzgado, todo lo contrario, debe sentirse acogido y acompañado en la verdad y en el maravilloso fruto del amor.
Si analizamos, la fidelidad que demostramos a Cristo se mide también en la fidelidad que demostramos a nuestro hermano herido. Es el mismo Señor quien nos enseñará en aquél juicio final que, todo lo que hicimos o que también dejamos de hacer con nuestros hermanos más pequeños, nuestros hermanos más vulnerables, los más cansados, lo hicimos o lo dejamos de hacer también con Él (cf. Mt 25,40.45). Por eso, cuando uno de los miembros de nuestra comunidad se llegue a sentir perdido, sin fuerzas o se llegue a sentir tendado a dejarse vencer por esa maligna oscuridad, no podemos permanecer indiferentes. Es esa indiferencia -totalmente contraria al amor y a la Iglesia, inclusive en el entorno virtual- la que nos lleva a nosotros mismos a perdernos en esa oscuridad, por eso, el amor debe ser siempre la primera respuesta.
También debemos reconocer con una verdadera humildad nuestros límites propios, todos los miembros de nuestra comunidad somos seres humanos, y esa humanidad nos lleva también a cansarnos y a equivocarnos. Es por eso precisamente que necesitamos del Espíritu Santo para que renueve nuestras fuerzas y convierta la debilidad en una oportunidad de gracia (cf. 2 Cor 12,9). El que nosotros seamos comunidad no significa que debamos de ser perfectos -considerando siempre que somos guiados a la santidad- pero si significa que caminemos juntos, aprendamos a pedir perdón, volver a comenzar y sostenernos mutuamente en nuestro caminar de fe.
La vocación de nuestra comunidad no es el encerrarnos en nosotros mismos, en nuestras ideologías y pensamientos, debemos ser testigos para el mundo y, la voz que nace en nuestra comunidad -peregrina en Minecraft- puede llegar al corazón de muchos jóvenes y adultos que probablemente nunca entrarían a una Iglesia física, pero que aquí encuentran un espacio de encuentro y un espacio de fe. Es urgentemente necesario que nuestra vida comunitaria esté siempre imprengrada de una verdadera autenticidad, transparencia y misericordia, para que, así, todos aquellos que se acerquen a nosotros, puedan llegar a experimentar la Iglesia como una casa y una escuela de comunión y nunca como un espacio de juicios o de exclusiones.
Nuestra comunidad en juventud, constructores de puentes en la fe y la esperanza.
Una comunidad que no mire hacie los jóvenes es, lamentablemente, una comunidad sin futuro, ya que los jóvenes, con toda su creatividad, frescura y la gran capacidad de soñar, están llamados a ser unos protagonistas de la vida de la Iglesia -también en nuestro entorno digital-. Nuestros hermanos no son unos simples receptores pasivos, todos son constructores activos del reino en este espacio y, cada joven que se conecta a las actividades, que comparte su testimonio y que sirve o busca a Cristo en medio de una "vida digital" no es nada más que un recordatorio firme de que el Santo Espíritu sopla con fuerza más allá de los límites visibles.
Los entornos digitales ofrecen verdaderas oportunidades inmensas pero desafiós verdaderamente serios, la soledad y el anonimato junto con la superficialidad pueden llegar a herir muy profundamente. Es por eso, que es una tarea de todos el hacer de este lugar -nuestra comunidad peregrina en Minecraft- un espacio seguro, donde todos puedan crecer en la fe, expresar sus inquietudes y descubrir que no están solos. La fe en Cristo no es una colección de normas -por así llamarle- es una relación viva con un Dios que nos acompaña, que nos sostiene y que nos ama.
El día de hoy, nuestro llamado es a ser grandes constructores de puentes de esperanza, puentes entre las distintas generaciones, para que, incluso con la sabiduría de los mayores se encuentre una valiosa unión con la audacia de la juventud. Tenemos que ser también puentes entre las distintas culturas, para llevar a nuestra comunidad a ser un signo verdadero de catolicidad, abierta a todos los pueblos y lenguas. Finalmente, tenemos que ser además, puentes entre lo visible y lo invisible, entre lo que se juega en nuestro entorno digital y lo que conlleva a una repercusión en la vida real. Todas las acciones que realicemos dentro de nuestra comunidad deben convertirse en un signo de fraternidad y cada palabra que de nosotros salga, se convierta en una semilla de la esperanza.
En este día mundial para la prevención del suicido, elevo mis oraciones para que cada persona en el mundo descubra que su vida tiene un valor sumamente infinito y que nuestra comunidad está llamada a ser ese hogar de acogida. Que nadie, nunca, se sienta descartado, que nadie se sienta inútil y que nadie crea que su existencia carece de sentido. En cada corazón, por más herido que esté, late el gran amor de Dios que nunca se rinde.
Con las palabras del Santo Padre Pablo -de feliz recuerdo-, quiero volver a hacer resonar esta certeza en lo más profundo de nuestro corazón:
"No estás solo, no eres ni serás un error, no estás fuera de lugar, tu vida importa, tu existencia tiene sentido, Dios nunca se equivoca contigo. ¡Claro que tienes un lugar aquí!, ¡por supuesto que eres amado!, !Si importas!" (Tercera Catequesis sobre la unidad, plaza de San Pedro, 9 de julio del 2025).
Concluyo esta carta poniendo cada una de nuestras vidas bajo la intercesión de nuestra madre, la siempre Virgen María, madre de la vida, que supo siempre acompañar a su hijo en los momentos más oscuros, para que ella nos enseñe a permanecer junto a nuestros hermanos que sufren, a nunca cansarnos de escuchar, que brindemos nuestro apoyo con ternura y siempre anunciemos que la última palabra no proviene de la muerte, sino la vida en Cristo, nuestro Señor Resucitado.
En el Señor,
- ✠ Mons. Carlo, Card. CantoniCardenal de la Santa Iglesia Romana